PÉREZ LÓPEZ,Juan Antonio. Teoría de la acción humana de las organizaciones. La acción personal Madrid: Rialp,1990,pp.13-15.

Prólogo


Leonardo Polo

Tengo la suerte de prologar un libro muy interesante. Pero esta buena suerte no se debe a la casualidad ni tampoco a un compromiso editorial más o menos de ocasión, y ni tan sólo a la amistad con su autor, sino a que, además, he seguido de cerca su larga meditación, que en gran parte culmina en estas páginas maduras y complejas. La meditación se sostiene cuando la atención se concentra en un asunto de mucha monta, que se va sacando a la luz o en el que se profundiza (es lo mismo), y en la medida en que tal asunto se muestra apto para congregar y organizar otros muchos. Maduración y complejidad son solidarias por la fuerza de la tenacidad del pensar.

No cabe la menor duda: Juan Antonio Pérez López es un hombre tenaz. Por eso ha escrito, como digo, un libro de gran interés, cuya lectura exige a quien se encare por primera vez con su planteamiento, la correspondiente dosis de atención. Me parece que debo señalarlo para evitar desconciertos. Lo interesante no es lo fácil, y no debe confundirse con lo sugestivo, propio más bien de la retórica. Hoy se escribe con frecuencia en clave retórica: ensayos bien vestidos que, acompañando un cierto trecho al pensamiento, al final le dejan a uno en la región de lo indiferente, de lo vaporoso, insignificante y disperso. A esto llamaba Hegel Gleichgültig, Mannigfältig: el fraccionamiento, lo suelto, vario y sin junturas, la dispersión proliferante, superficial.

Juan Antonio Pérez López ha encontrado el camino de la síntesis, del sistema. Su investigación se mueve en el terreno de la antropología: el hombre es un sistema actuante más abarcante que otros: el mecanismo, el animal, se enfocan como sistemas menos complejos y más rígidos. Con ello se supera el divorcio entre la ciencia y el humanismo, al que tantos se resignan y, paralelamente al reduccionismo miope (al que llama abstracción incompleta) que resulta de la equiparación del hombre con los sistemas funcionales más pobres. La clave de este logro teórico es una comprensión bien ajustada de la ética: se rescata la ética para el pensamiento formal (no formalista pues la lógica se centra en la llamada lógica material).

Hay un conocimiento rigurosamente científico del ser humano en tanto que actúa, y es el elaborado desde Aristóteles como ética filosófica. Esta tesis dirige la mirada del investigador a otro punto esencial: si esto es así la ética ha de ser puesta en estrecha relación con la misma índole productiva de la acción humana. De acuerdo con esta relación, la ética no se cierne sobre la vida como una instancia superior pero extrínseca, es decir, como un recetario devoto dirigido a los buenos sentimientos (no es simple “moralina”), sino que es un factor intrínseco cuyo olvido empobrece la visión del hombre. Este empobrecimiento no es sólo teórico, sino que se proyecta en consecuencias efectivas y verificables. El planteamiento es radicalmente realista. No se trata de proponer un ideal de cuyo desistir no se siga nada, sino de sorprender lo ético en el meollo del acontecer, o con otras palabras, de entenderlo como la mediación entre el sujeto y sus actos.

Tal mediación sólo es posible si al actuar el agente no queda exento, es decir, si las consecuencias de su acción no son únicamente externas: siempre que actúa al hombre le ocurre algo precisamente porque ha actuado (la acción no es sólo una salida — output — sino una entrada — input —, una modificación estructural del sujeto, dicho en términos cibernéticos). Esta peculiar dimensión humana es expresada por la ética con la noción de hábito.

Ahora bien, la complejidad sistemática del hombre, que así queda mostrada, comporta que la modificación de la naturaleza del agente en virtud de su mismo actuar puede ser positiva y negativa, por lo que los hábitos también lo serán; el sujeto mejora o empeora; los hábitos perfectivos son las virtudes morales, los hábitos que estropean se llaman vicios. Esta diferencia es verificable en las acciones ulteriores, ya que la virtud es la mejora de la capacidad operativa, y el vicio su empeoramiento. Otra comprobación reside en la libertad, pues el perfeccionamiento de la capacidad humana hace al hombre más dueño de su conducta, y elimina el fluctuar y el subordinarse a estímulos coyunturales.

Desde aquí otra dimensión humana entra en escena; las actuaciones humanas de mayor cuantía son, en rigor, intersubjetivas. La ética se basa en la existencia de varios agentes en interrelación activa. Por consiguiente, el modelo teórico ha de tener en cuenta que el perfeccionamiento o deterioro estructural acontecen tanto en el agente activo como en el reactivo (o que los seres humanos son alternativamente uno u otro tipo de agente, o bien que las salidas son para otro entradas y vice-versa). Este complejo sistema funcional proporciona un modelo dinámico de la sociedad: sobre la teoría de la acción de las personas individuales puede montarse una teoría de la acción de las organizaciones.

La formalización científica de la ética abre perspectivas muy ricas y hace posible abordar problemas de otro modo insolubles. Es claro que, considerado en presente cara a sus proyectos — acciones futuras — , el hombre no está dotado de información completa (el futuro humano no es mecánicamente previsible). Esta circunstancia es sumamente importante para un tomador de decisiones. También en este asunto el modelo que proporciona la ciencia ética es valioso: la ética permite la previsión (de acuerdo con proposiciones condicionales) de lo que verdaderamente es relevante, a saber, la aptitud humana — o su inepcia — para hacerse cargo de un futuro posible.

Todo esto, repito, es de sumo interés. Para el filósofo es una ratificación importante, y muy de agradecer, de su convicción acerca de la fecundidad de la teoría Pero este libro está dirigido a hombres de acción, como corresponde a un profesor de una Escuela de Dirección de Empresas. Quizá la mejor recomendación que cabe formular en este este prólogo es la asistencia a un curso electivo del profesor Pérez López. Sería un tiempo bien empleado, pues conviene interiorizar estas ideas profundas, y para esto no basta con leerlas.