POLO, Leonardo. “Belleza y verdad son lo mismo, y el amor sin verdad no existe”. Alba nn. 140-141 (julio, 2007). Madrid. |
|
BELLEZA Y VERDAD SON LO MISMO, Y EL AMOR SIN VERDAD NO EXISTE
— Cuando vivimos el atardecer de la vida, ¿tenemos más luz o, por el contrario, sometido todo nuestro ser al declinar, estamos más oscuros? Al hombre le ocurre una cosa: que es un ser creciente, y es un ser creciente irrestricto, o sea, que puede crecer siempre. Y está dominado por otra cosa, que es más profunda, y que es precisamente su espíritu. Es espíritu porque crece. Y el espíritu, de suyo, no declina, ni se oscurece en el atardecer de la vida. — ¿Nuestro espíritu crece de forma automática... o es, más bien, como una tierra que alguien nos regaló en propiedad, heredad que podemos cultivar y convertir en jardín o descuidar y reducirla a desierto? En la civilización actual, este asunto del crecimiento está totalmente desbaratado. Y está desbaratado por errores antropológicos y fácticos. El error antropológico más fuerte sobre el crecimiento es creer que el hombre es un ser fijo. Y, aunque parezca curioso, el autor que ha puesto más de moda esto de la “fijedad” del hombre ha sido Freud, que supone que en el hombre hay un mecanismo, y ese mecanismo es incapaz de progresar. En tanto es mecanismo, el hombre no puede crecer. Hasta el punto de que una de las cosas que más famoso han hecho a Freud ha sido el complejo de Edipo: el hombre es propiamente un niño que nunca deja de serlo. Si deja de serlo, es porque su libido choca con el principio de realidad y se resiente. De manera que el hombre es un ser que empieza siendo un narcisista, y para superarlo tiene que matar sus raíces y afirmar su ego por encima de todo y todos. Visto así, el hombre es un fracaso total. Por eso también, la solución que da Freud a ese fracaso es una solución trivial. Es tratar de mantener al hombre en su situación de niño toda la vida. — ¿No le parece significativo que Freud se proponga una explicación “profunda” de la sexualidad y, al tiempo, no tenga una teoría de “similar calidad” sobre el amor? Es que no puede. La idea central de la antropología de Freud, desde el punto de vista psicológico, es el ego. El ego como algo que no es personal. Un ego narcisista, encerrado en el giro o torbellino en torno a sí mismo. Su destino parece limitarse a seguir siendo un narcisista o convertirse en neurótico, o en ambas cosas, un neurótico narcisista. El psicoanálisis ortodoxo ha dejado mucha huella, aunque ya no esté de moda; teóricamente, ha sido sustituido por otras cosas. Pero otras teorías no han ido más allá. En rigor, por lo que cierta cultura actual ha sustituido a Freud ha sido por dos cosas: por Nietzsche y por la interpretación sociológica del hombre: el hombre no es más que un robot, de manera que, en cuanto deja de ser útil para la sociedad, pues... sobra y se le puede suprimir, es decir, matar. Debajo del aborto, de la eutanasia, hasta del divorcio — como incapacidad de un don definitivo entre las personas del hombre y la mujer — late la misma inspiración. No es una cultura del valor incondicional de la persona y de la vida. Es una cultura de robots, de manada, a los que sólo les mueve el placer y la utilización unos de otros. Una cultura de la muerte. — Cada uno de nosotros ¿es una persona irreductible a los roles que le asigna el modelo social... o sólo somos roles — personajes de teatro — en la gran tragicomedia del mundo? La equivocación de fondo es no darse cuenta de que el hombre es creciente siempre. La mayor parte de las antropologías actuales — desde luego la de Freud, Nietzsche y los sociologismos — son teorías paralíticas, teorías horizontales. Nietzsche es un destructor. Por decirlo de otro modo, sabe, a la manera de los terroristas, cómo derribar un avión o un rascacielos, pero no sabe cómo construirlos. Sabe cómo fragmentar en pedazos a la persona, pero no sabe cómo edificarla de veras y darle vida verdadera. La auténtica antropología tiene que partir de un hecho que es absolutamente único: el hombre está hecho para crecer. Y está hecho para crecer de manera que, cuando se acabe cierta fase de su crecimiento — la vida actual, tal como la conocemos —, pueda empezar otra. Le sorprenderá que le diga que a eso lo llamamos “el cielo”. El hombre no puede dejar de crecer, porque si dejara de crecer, no sería hombre. Pero, a la vez, el hombre no puede crecer solo. Esto es importantísimo. Y que el hombre no pueda crecer solo significa, simplemente, que tiene que ser educado por personas. Sin educación, el hombre no crece. Esto es evidente. El hombre es un ser eminentemente social porque no es independiente en su crecimiento del contacto educador de otras personas. Pero la sociedad está al servicio del hombre, no al revés. Por eso, la clave de la vida no es la educación social para servir al colectivo — como en las manadas, hormigueros y colmenas —, sino que la educación en sociedad tiene como fin ayudar a cada uno a crecer como persona. Como decía con una frase magnífica, y que yo siempre recuerdo, Tomás Alvira: “Educar es ayudar a crecer”, teniendo en cuenta una cosa: que nunca se ha crecido suficientemente. El hombre no está nunca formado, por decirlo de alguna manera. Y, por eso, se podría decir también, con una frase gráfica, que el hombre nunca es un “ex hijo”. El hombre es constitutivamente hijo. — Ser hijo. Esto nos plantea un origen que no se reduce a mero nexo biológico. Nos lleva a la genealogía personal, a que cada uno de nosotros, por ser persona, reclama originarse en otras personas y tener con ellas lazos propios de las personas y no puramente biogenéticos. Estos lazos, específicos de las personas, son los vínculos de amor. ¿El amor entre padres e hijos, por ejemplo? El hombre no es “ex hijo” nunca. Siempre, a cualquier edad y ciclo vital, es hijo. En el plano natural, de sus padres. En el sobrenatural, de Dios. — Tampoco el padre no puede ser “ex padre” nunca, lo asuma o lo rechace. De alguna manera, no hay padre sin hijo, ni hijo sin padre. Para bien o para mal, son relaciones cobiográficas. Cierto. En cierta medida, ser padre, aun siendo muy importante para la especie, no es tan esencial para el individuo como lo es el ser hijo. El hombre, por así decirlo, es primordialmente hijo, y secundariamente, padre. Y secundariamente no significa una cosa meramente temporal, no, sino una apreciación, por decirlo de alguna manera, de importancia ontológica. Por eso, desde el punto de vista cristiano, el hombre, a quien se parece, es a la segunda persona de la Santísima Trinidad. No se puede decir que la segunda persona de la Santísima Trinidad sea un ser inacabado, un ser que tiene que formarse sin más. No, no. Es Dios. Pero es pura respuesta. Y, por ser pura respuesta, es pura devolución, es Hijo. — ¿Devolución podría llamarse también acogida y correspondencia? Justamente. — ¿Acogida? ¿Acoger, como hijo, al padre y así asumir la raíz de la propia identidad, en vez de rechazarla? No solamente eso. Yo lo que digo es que lo característico del hijo no es la relación, sino la devolución. O lo que es lo mismo, que el Hijo eterno lo que hace es corresponder a su Padre eterno. El amor del hijo es un amor de correspondencia, y esto no lo podemos olvidar nunca porque, como todos los seres humanos somos esencialmente hijos, nuestro amor se caracteriza ante todo por eso, por ser acogida y correspondencia al amor de Dios que nos creó, amó y redimió, es decir al amor de Dios Trino. Dios, que es Amor, nos amó primero. Ahí está la razón de que nuestra identidad radical sea el “ser hijo”, la filiación: somos acogida y correspondencia a ese amor que nos amó primero. — Por acoger el don y devolverlo. Sí, por acoger el don y devolverlo. — Eso lleva a una sugerencia preciosa que está en Pedro Salinas, el poeta, cuando, al hablar de amor, dice: “No soy yo, no sólo eres tú, es la unión, es decir, el nosotros, que, por amor, conformamos”. Es como si los que se aman engendrasen, por amor, un nuevo y superior modo de ser, que es el ser unión. Y claro, esto, con lo que ha hablado antes del egotismo de Nietzsche y de Freud, y el de los puros roles instrumentales..., pues, se pega a tortas. Se pega a tortas, claro. Por eso, el amor humano debe pasar por dos fases. Un amor humano entre hombre y mujer. Un amor que podríamos llamar enamoramiento, y otro que sería el de la corresponsabilidad sobre la unión y su destino, que aparece con el vínculo matrimonial y con la paternidad y maternidad, es decir, con el núcleo esencial de la verdadera familia. — Es la hora del nosotros, muy claramente. Es la expresión objetiva, no imaginada, de lo que tú y yo somos entre nosotros, como padres. Exactamente. — Porque mi paternidad y mi maternidad pueden sentirse, tal vez, como elementos subjetivos, particulares e individuales. Pero el ser “unión” es objetivo. Incluso, en el terreno biológico el ser “unión” es clarísimo en la procreación. Efectivamente. Pero es muy importante el enamoramiento porque el que no se enamore, se queda también en la superficie. Y, luego, es muy difícil... — Eso lo he explicado con una expresión de que, en el enamoramiento, hay un entrañamiento afectivo. Es decir, un conocimiento y una aceptación del otro como si fuese mi propio cuerpo; o sea, es una transformación del amor de sí, pudiendo amar la corporeidad o humanidad del otro como uno ama la propia. Y ese entrañamiento afectivo, este amarle en y desde mis entrañas, como amo mi propia intimidad, permite y facilita luego la construcción de la corresponsabilidad del vínculo, de una corresponsabilidad tan recíproca como íntima. Sin ese mutuo entrañamiento afectivo, la unión conyugal sería una cosa, digamos, fría, sólo entregada a la razón, pero no a los sentimientos del alma y a su tan singular ternura. A la afectividad. Yo distingo los sentimientos como psicosomáticos, para atizarle a Freud y a esa gente, y, luego, los sentimientos espirituales. — ¿La ternura es un sentimiento del alma? Lo digo porque recuerdo una tarde con André Frossard, en la que, a propósito de la famosa vivencia de la aparición de Dios, yo le pregunté: “Pero ¿qué sintió tu cuerpo?”. Y me respondió: “Una luz tierna”. Luz tierna. Sí, por eso yo diría que la ternura es más bien psicosomática. En cambio, la serenidad es la paz, estar en paz. — ¿Por qué no me habla de qué es la serenidad? La serenidad... La serenidad es una cosa que yo creo que tiene mucho que ver con la amistad. Cuando uno tiene cierto desarrollo, es decir, cuando está bien educado, es una persona serena porque ve las cosas en su verdad. Por eso, desde otro punto de vista, es muy importante que la educación tenga una gran dosis de verdad, y siempre, claro, educando, enseñando lo que el niño puede entender. — ¿Está sugiriendo que, por ejemplo, en este estado de gran violencia que padecen los jóvenes, e incluso los niños, en el que se pegan, se gritan, etc., que, cuando uno menos razón tiene, más violento es, más se tiene que imponer porque no tiene nada de verdad...? ... y menos entiende... — Sí, y menos entiende... ¿Esto significa que ellos perciben de alguna manera que la mayor parte de lo que se les enseña puede ser en algunos casos útil, pero no les adentra hacia su interior, no les descubre la dimensión espiritual de su singular persona? Los alumnos más jóvenes, en nuestro sistema educativo, ¿no será que intuyen que lo que el modelo humano que les cuentan es vacío y falso? En cuanto aparece el rol, se jodió. — (risas) Pero estábamos en la serenidad, que es un fruto de tener verdad. La verdad da serenidad. Y habíamos hablado de que tiene mucho que ver con el descubrimiento de la amistad y su cultivo. Pero ¿hoy hay amigos? ¿O sólo conocidos útiles? ¿La cosa se reduce a jefes y empleados? El primero que habló bien de la amistad fue Aristóteles. En su Ética a Nicómaco, tiene una teoría de la amistad que es insuperable. Dice que hay tres tipos de amigos: los amigos que son amigos de verdad, los amigos tanto en la alegría como en la desgracia, en el infortunio, en la infelicidad, y los otros, los de la amistad útil, por decirlo de alguna manera, los que no hacen más que servirse de la amistad, los de la amistad sólo de nombre, la que no es auténticamente amistad. Serenidad y amistad. — Nos vamos a otro sentido profundo de la tradición de las virtudes,de las cardinales, que es la fortaleza. Es decir, cuando Ud. ha hablado de esa valentía serena, que no es la temeridad, ni es tampoco el arrojo del violento, que parece necesitar esa falta de templanza, ese desequilibrio y falta de paz interior, para poder ser violento... Hablemos de la fortaleza. El hombre valiente no necesita autoafirmarse ni autoconfirmarse, y menos sobre las espaldas del prójimo. Por eso, volviendo al enamoramiento, te diría que el enamoramiento con quien tiene que ver es con la verdad. Es reconocer y acoger que esa mi mujer — o ese mi hombre — “es verdad”. Y es verdad hasta tal punto de que sólo a ella — o a él — se la quiere como esta mujer, se la reconoce como mujer. Ésa es una parte importante del enamoramiento: el descubrimiento de la verdad femenina o, viceversa, de la verdad masculina. Me quedo aquí..., porque de mujeres y de sus sentimientos creo que entiendo poco (risas). — No hay amor sin verdad, sin reconocimiento y acogida de la verdad, como hombre o mujer, del amado. Pero, para eso, para amar, hay que creer en la verdad y hay que cuidarla. No se la puede inventar o sustituir. El amor se muere entre la mentira, la falsedad, la falta de verdad... Eso es. Por eso, yo siempre me he metido con el hecho de que a los niños se les enseñen cosas que no pueden entender. Por ejemplo, yo soy muy partidario de enseñar a los niños, porque creo que ellos lo pueden entender, su verdad, entender qué es verdad. — Sabe que los propios psiquiatras, quizás no todos, pero muchos están observando que, cuando preguntan a sus pacientes por su vida, ya no la saben contar con unidad. Aunque haya habido errores y dislates y contradicciones, pero con una cierta unidad explicable. Sólo pueden dar flashes sin sentido, o sea, trozos fragmentados. Platón dijo una cosa de la verdad, que es “la pura verdad”, a saber, que la verdad tiene razón de pasado. A nosotros, la verdad se nos da como algo que no puede dejar de ser. Por eso, la verdad tiene también mucho que ver con la unidad de vida y con la educación. — Es que lo que viví como verdad y hoy no lo es no puede serlo en el pasado y ahora no. Algo falló, algo era falso. La verdad, y más en amor, no puede ser “epocal”, un año sí y al siguiente no. Por eso, por ejemplo, en las grandes crisis matrimoniales, cuando la mujer y el hombre descubren que el otro no era el que yo suponía que era, y se les hunde todo el pasado, se les hunde la vida. Es como si les quitaran la identidad. “No me puedes decir que me querías y que ahora no me quieres, porque si ahora no me quieres, es que tampoco entonces era verdad que me querías”. Sí. Por eso, el hecho de que haya cada vez más líos matrimoniales tampoco es una casualidad. — Pero también hay traiciones entre las relaciones de “amistad”. No es que sólo padezca esa relación. Padecen todas las relaciones que piden don y acogida verdaderos. Es decir, que piden entrega de las personas verdaderas, y no solamente, ¡chas!, chispazos entre roles, porque el rol es una cáscara vacía. Por eso, te decía que el enamoramiento es lo más grande, y que hay que estar enamorado todos los días. Sin un enamoramiento previo dispuesto a hacerse cargo de los grandes líos de la vida, la empresa que es el matrimonio, es muy difícil. ¿Cómo si uno no está enamorado puede aguantar, como íntimos y amados, los pies y sus perfumes de una mujer o de un hombre? Llega un momento en que no se aguanta. — En mis clases he explicado que una de las características del verdadero enamoramiento es el poder sentir, con los sentimientos psicosomáticos, el cuerpo del otro como yo acepto en la intimidad el mío, con los afectos que tengo para el mío. Eso es el entrañarse afectivo entre los verdaderos enamorados... Por ejemplo, que uno vaya en el metro y no está enamorado, y no pueda aguantar el sobaco del señor que lleva al lado; pero, en el momento en el que te has enamorado, el sobaco pasa de ser ajeno e insoportable a ser, ¡ay!, el de “mi” Antoñita. Efectivamente, pero yo lo veo así porque soy filósofo. Yo veo que hay una verdad tremenda entre comprender el teorema de Pitágoras, demostrar el teorema de Pitágoras y enamorarse. Porque cuando uno entiende el teorema de Pitágoras, sabe qué es el amor. — Explíqueme eso, don Leonardo, porque... Eso es el amor, porque el amor sin verdad no existe. — ¡Ah, bien! Pero, claro, no es una verdad abstracta la del amor. Es la verdad concreta irrepetible de esa persona, ¿o no? No, no, no... En la verdad, no se pueden hacer cosas pequeñas... Eso lo puede hacer un jurista, pero no un filósofo. Para un filósofo, la verdad es una. — Pero ¿sólo tenemos un medio de conocimiento en la verdad, o somos nosotros una unidad compleja y tenemos distintas fuentes de conocer la verdad? Quiero decir, ¿es la razón en exclusiva la única facultad? ¿Qué pasa con el asunto de la expresión famosa de Pascal sobre aquello de que el corazón entiende lo que la razón intelectiva, discursiva, no entiende? ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el hombre tiene un conocimiento superior al objetivo, que es el simbólico. — Porque yo conozco muchas madres pobres, analfabetas, pero ¡madre mía!, cuán evidente es que aman de verdad a sus hijos y, sin embargo, no podrían ni siquiera entender la expresión racional y cultural de lo que sienten y viven. Pero “conocen” a sus hijos, les dan nombre, uno singular y único... Eso de amar y nombrar es otro tema enorme. Los simbolizan... Los simbolizan, lo cual es lo más grande que pueda hacer la inteligencia humana. Nosotros, una de las cosas que padecemos en nuestro acercamiento a la verdad es una falta de símbolos. Una falta del pensarse en símbolos. Es un pensar tristísimo. Yo creo que ahí, más que el símbolo de la verdad, es el símbolo intelectual, el símbolo más alto: Dios. Símbolo no quiere decir algo que se parezca a la verdad. Al revés, es la verdad exacta, el modo más alto de llegar a la verdad. Por ejemplo, cuando se llega a la verdad con el arte. Para mí, el teorema de Pitágoras es arte. — Belleza pura. Belleza pura. Belleza, verdad, son lo mismo. Por eso, la mujer también es bella. — Y el amor lo reúne de manera paradigmática. Es enormemente “verdad” cuando es verdadero. Enormemente bueno cuando es de verdad, y no hay belleza más alta que la de un amor bueno y de verdad. Efectivamente. No hay amor más verdadero que el amor a la verdad y a la belleza. — ¿Puedo dar,ahora,un giro inesperado? Símbolo y logos. Símbolo y el verbo, y, al mismo tiempo, la conmovedora, hasta la intimidad más profunda, persona de Jesús. Pues, mira, la doctrina católica..., aunque esto lo tienes que entender bien, nosotros creemos simbólicamente. Nosotros no podemos conocer directamente a Dios. Lo conocemos con símbolos. — Pero estos símbolos no son inventos ni son una bandera. Son personas reales, concretas, existentes. Por ejemplo, Jesús o la Virgen. Sí, pero a Cristo lo conocemos simbólicamente, porque era tan alto, que no lo podemos conocer directamente. — Directamente, vis-á-vis, en desnudo puro. Exacto. Y, por eso, la fe — no el contenido de la fe, que eso es un error protestante — está llena de símbolos. Por ejemplo, algunos sacramentos, que son símbolos eficaces, no son símbolos en el sentido trivial que lo entiende Lutero. El conocimiento simbólico es un modo de superar la pobreza de nuestro conocimiento objetivo. — Le voy a poner un ejemplo para ver si nos sirve para lectores no especializados. Cuando yo miro el mar, no solamente estoy viendo cantidades innumerables, ingentes, de moléculas H2O juntas. Estoy viendo grandeza. Estoy viendo movimiento que se renueva en una permanente belleza. Estoy viendo los matices innumerables de los azules. Bien, cuando miro el firmamento y me sobrecoge su magnitud y misterio..., ¿eso es pensar encontrando “las señales” que hay en las cosas, y eso es entrar en los umbrales del símbolo? Eso es un modo que yo llamo imaginativo, no estrictamente intelectual, pero sí imaginativo, y con gran valor también de simbolizar. Es imposible que el hombre no simbolice, porque si no, sería un animal. — Estamos, pues, viendo siempre más allá... Efectivamente. — Sería espíritu. Y es el símbolo. Yo defino al símbolo intelectual como el conocimiento que no se detiene. — ¿El conocimiento que no se define? ¡Que no se “detiene”! — ¡Ah, que no se detiene! Es decir, que es irrestricto, que es crecedero sin fin, que adentra y siempre hay más adentro. Exactamente. Y, por eso, el hombre, que es un ser creciente, es un ser simbólico. — Sí, porque, por ejemplo, cuando uno dice que es magnánimo, la magnanimidad no tiene una cantidad, no tiene ciclos, siempre se puede ser más magnánimo, más amoroso, más generoso. El espíritu, en sí mismo, no tiene fin. Claro, porque penetra y penetra, y, cuanto más penetra, más crece. Pensar que yo puedo crecer es también ver crecer la realidad. — Profesor Polo, en un momento determinado, cuando hemos hablado de este creciente espíritu, ha dicho que no se puede crecer solo. Y de ahí hemos iniciado el tema de la educación, pero también el de la amistad. Porque no siempre nuestras relaciones son de maestro/discípulo. Son también relaciones en donde crecemos los unos con los otros, porque el crecimiento del otro no nos es ajeno, ya que en él encuentro mi propio crecimiento. Eso es la comunión de los santos. — ¿Y eso qué tiene que ver con la hermandad, es decir, con la fraternidad? ¿Qué tiene que ver con su contradicción máxima, que es: “No me vengas con cuentos ni me pidas explicaciones de mi hermano, yo no soy su guardián?”. ¿He de estar o no preocupado y providente de mi hermano? Recordando a Nietzsche cuando propone invertir el “amad a vuestros en enemigos” y, literalmente, recomienda “odiad a vuestros amigos”. ¿El infierno — como dice Sartre — son “los otros” ? Eso es egoísmo puro, y el egoísmo mata. El que es egoísta no ve nada. El que es egoísta no puede ver símbolos, no es simbólico, porque los símbolos le transportan a uno, le sacan a uno de sí mismo. Y uno tiene que salir de sí porque si no sale de sí, no puede amar, ni puede reconocer, ni puede simbolizar, ni puede hacer nada.... — ¿Qué es el amor de laVirgen? ¿Es un símbolo? ¿El amor de la Virgen? — Los devotos de la Virgen le dicen constantemente “protégeme, ampárame”. Ella misma, por ejemplo en la advocación de Guadalupe, insiste en que no temamos nada, porque somos sus hijos y estamos acogidos en su regazo... ¿Qué significa eso? Yo creo que cuando entendí un poco a la Virgen fue en El Rocío. — ¡Pero si usted ha dicho que no entendía los sentimientos femeninos! Hace un momento, así como medio en broma, me ha dicho: “Yo, de los sentimientos femeninos, no tengo ni idea”. Si ha entendido usted El Rocío, entonces ha entendido usted mucho de la mujer, pero muchísimo, y eso yo no me lo quiero perder. ¿Qué ha entendido usted en El Rocío? Eso sí que me pica la curiosidad. Pues lo que me dijo un rociero. Yo le dije: “¿Por qué lleva la Virgen esos soles que la circunvalan?”. Y me respondió: “¡Porque la Virgen es el Sol!”. Y ¿qué quiere decir eso? Pues que la Virgen nos reúne en torno. La Virgen es el símbolo y la realidad de la unidad. Es nuestra Madre, y es la Madre de unidad. Es la Madre de la Iglesia. Y es la Madre de Cristo. En ella, está “reunido” todo. Todo cuanto se ha podido separar, desintegrar, romper, hacerse conflicto. Ella es la reunión.Y, por eso, laVirgen es la Madre de todo. — ¿Sabe usted que, en una familia, la mujer-esposa-madre es muchas veces, más que el padre, la “reunidora” ? Es una tragedia la renuncia de la mujer a esta dimensión de su feminidad. Pero cuando una mujer, sin complejos, se descubre, entonces es la “artesana de la intimidad conyugal y familiar”, de la unidad entre su marido, como padre, y sus hijos, entre los hijos entre sí, como hermanos. Y está siempre ahí dentro, es decir, en la intimidad de una familia, conservándola, haciéndola crecer o restaurándola. Y, además, la unidad es la belleza. Así, la forma por la cual es bella la Virgen es porque lo reúne todo. Reunirlo todo es lo característico de la belleza. Es otra forma de amistad, otra manera de ir a la amistad. — Hija, Madre y Esposa. Madre y Virgen. Inmaculada Concepción. Todo. Madre de todos los vivientes. Por eso, es el Sol, que decía el rociero. — Le agradezco mucho esto, y lo podríamos terminar con esa expresión que Ud. ha dicho, tan bella, que yo voy a trabajar esta tarde: “La unión es, quizás, la conformación de las personas que se aman en el más excelente modo de relación... La unión es el mayor bien de quienes se aman. El mayor capital de una familia”. Así es. Lo que está roto está jodido... El amor es unión y comunión. La comunión de los santos, el matrimonio, una amistad verdadera... Todo eso es verdad, y lo demás es mentira... |