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Capítulo V
LA ECONOMÍA
Los intercambios y la ciencia económica
Una manera de montar una ciencia sobre las alternativas, aunque no se agote con ella el juego de las alternativas sociales, es la consideración de los intercambios. Es lo que estudia la ciencia económica. Se ha entendido también al hombre como un ser económico: es el homo oeconomicus. Aunque algunos pensadores franceses, los fisiócratas, pensaron sobre temas económicos, el primero que escribió un gran libro sobre economía fue Adam Smith. Smith formula unas reglas que se refieren al uso alternativo de recursos. Los economistas son expertos en el estudio de las alternativas sociales económicas.
Sin alternativas, la economía es imposible. Sin una fuerte producción de alternativas nuevas, la economía se estanca. Desde luego, hay que dejar a un lado el descrédito de la economía, la cual es una ciencia sobre el hombre (una antropología que no tenga en cuenta la economía es incompleta). El hombre es un ser que vive socialmente en el tiempo; descubre alternativas y se organiza según las implicadas por los intercambios.
Si el hombre no fuera naturalmente social, la economía no existiría. ¿Qué sentido tiene que alguien se especialice en producir cerveza y otro sea carnicero? El que se especializa en producir y ofrece a los demás sus excedentes crea intercambio; está ejerciendo una actividad económica. Ahora bien, sostener que la economía es la ciencia del intercambio es coger el rábano por las hojas. Si el hombre no funcionase con alternativas, tampoco intercambiaría.
Aparece aquí otra vez el tema del valor. El precio es un modo de conectar alternativas. La alternativa es ésta: yo tengo tanto aceite y éste tiene tanta carne. Yo puedo prescindir de una parte del aceite a cambio de carne. Propongo un trueque. La economía es una ciencia precisamente porque el hombre es capaz de alternativas que son ajustables. Esto influye en la vida de cada uno: ¿a qué me voy a dedicar?, ¿qué tipo de actividad voy a ejercer?, ¿en qué emplearé mi tiempo? El mercado es una organización de alternativas. El mercado puede organizarse de muchas maneras (hay diferentes tipos de mercado).
El dinero
Aristóteles dice que el hombre es naturalmente social porque habla. El lenguaje se corresponde con la sociabilidad humana; el diálogo, no el lenguaje privado, marca la existencia social del lenguaje. Hoy se insiste en que sociedad y comunicabilidad son nociones correlativas; incluso se dice que el único cambio social que puede preverse en el futuro es la sociedad informática.
En rigor, la índole relacional de la sociedad es lingüística. Si desaparece el lenguaje, desaparece la sociedad. Pero hay que precisar la noción de lenguaje. El lenguaje humano es de tipo manifestativo. Dicha manifestación puede seguir un cauce hablado, escrito u otro distinto; de ahí la importancia de los gestos (el hombre es más capaz de gesto que el animal). Incluso la misma inexpresividad humana es expresiva. Para que haya intercambio de cosas es menester la comunicación, esto es, que los productos humanos sean mutuamente expresivos: que uno remita al otro. A medida que los intercambios se han hecho más abundantes, el hombre ha creado el dinero, una realidad cuya esencia ha sido poco estudiada. El dinero es algo así como un saber a qué atenerse en las transacciones. Dicho saber necesita una cosa que esté por las demás. En este sentido, Aristóteles lo entiende como el medio universal de transacción; el dinero hace las veces de; los bienes se intercambian a través del dinero. El dinero es la cosa con la cual el hombre universaliza sus comunicaciones transactivas estableciendo equivalencias valorativas. Por tanto, la función del dinero es lingüística. Ahora bien, la función del dinero se ha cumplido de diversos modos: hay una historia del dinero.
El dinero es una cosa poco necesaria en la economía de pueblos atrasados, porque en ellos son pocas las cosas que se pueden intercambiar. Los economistas hablan entonces de economías desmonetarizadas, en las que la moneda cumple una función escasa porque los trueques directos son mayoritarios. Cuando la sociedad se hace más compleja, el dinero adquiere mayor protagonismo, porque en tal sociedad, si tengo dinero, lo puedo cambiar por cualquier otra cosa (si tengo trigo, no). Por eso, el dinero es el universal de las transacciones; ésa es su primera función. Pero es evidente que el dinero sólo cumple su función en tanto que significa, y que dicho significar presupone una remitencia de un producto a otros, aunque los comerciantes suelen prescindir de esto último (los comerciantes compran para vender: la remitencia de los productos no existe en el almacén). En cualquier caso, cuando se produce la alternativa básica que da lugar al dinero, aparecen muchas oportunidades; el dinero empieza entonces a ser perfeccionado. Por eso, hay gente que se enamora del dinero, como de un resumen del poder sobre las cosas.
Evoquemos una caravana de comerciantes, hace tres mil años, en viaje de Babilonia a otra ciudad de Mesopotamia, transportando mercancías en camellos para cobrar su precio. El dinero que recibían era, por ejemplo, oro; como es claro, corrían el riesgo de ser robados.
Aparece entonces una alternativa: por un lado, alguien necesitaba tener oro para pagar, y otro necesitaba que no le robaran el oro que recibía en pago. Por tanto, convenía que un tercero se especializara en la guarda del oro. Esto es más fácil de hacer cuando el oro está reunido y sin moverse. Pero si alguien tiene en depósito mi oro, yo necesito un recibo que diga el oro que él me guarda. Entonces ¿cuál es la cosa dinero, el oro o el recio? En rigor, los dos: se trata de una alternativa. Si los depósitos están distribuidos en distintos sitios, no hace falta trasladar oro, porque el recibo significa oro, y puede ser trasladado de un sitio a otro sin riesgo de robo. La alternativa tiene muchas ventajas. Es preferible llevar un papel que oro, que es pesado; además, el oro está mejor inmóvil, porque así se puede custodiar. Se intercambia entonces con los recibos. Pero ahora aparece otra oportunidad: el depositario puede convertirse en banquero: la gente que pide la devolución del oro (presentando su recibo) es escasa en relación con el total depositado. De acuerdo con la proporción entre los depósitos de oro y lo que debo devolver, se pueden dar más recibos que los correspondientes al oro existente. Así aparecen el préstamo o crédito y el dinero bancario. Al que no tiene oro, el banquero le concede un recibo (a cambio de un precio), porque el número de gente que realiza los recibos en oro es pequeña (esto se asimila a lo que se llama grado de liquidez). De esta manera llega a existir más dinero papel que oro.
Paradójicamente, en una época en que los préstamos sobre cosas eran muy onerosos, cobrar el préstamo sobre dinero (usura) se consideraba injusto. En rigor, se favorecía el cambio de una cosa-dinero por otra, que puede llamarse dinero nominal, el cual, con el tiempo, ha desplazado al otro: primero los billetes de banco, y después los cheques, o las tarjetas de crédito...
En esta línea de sustitución que ha seguido el dinero se ha llegado a un alto grado de sofisticación. Si se logra el equilibrio entre el dinero que se transfiere de una cuenta en un banco a otro banco, aparece el llamado sistema bancario, en el cual los pagos se reducen a cambios de asiento. El banquero gana sin mover el dinero. El sistema funciona porque la gente se fía de él. Sin la confianza la banca es imposible. Y ello es lingüístico, porque la confianza es comunicativa, social.
Además, la confianza no se basa sólo en la honradez del banquero, sino en que monopoliza en gran medida la información de mercado. Como los banqueros saben cómo está el mercado, conceden los préstamos con seguridad, y no de cualquier modo. La deuda internacional fue un error de los banqueros, que desajustó el sistema. Dicha deuda se generó en un momento en que subió el precio del petróleo. Los árabes, que no son industriales, colocaron sus mayores ingresos en los bancos. Pero el aumento de los depósitos bancarios no es conveniente si no se conceden más créditos. Ahora bien, en aquella coyuntura, la economía occidental estaba deprimida, precisamente por la subida del petróleo. Los banqueros se encontraron entonces con una situación comprometida: ¿a quién prestamos? Acudieron a los países subdesarrollados. Fue una medida insensata, es decir, un procedimiento para conservar la consistencia del sistema, que fracasó por defecto de información.
También a los políticos se les ocurren remedios realmente notables. Por ejemplo, hace pocos años en Perú se estableció un precio distinto del dólar, según se empleara para comprar repuestos, para viajar, etc. Esto dio lugar, obviamente, a negocios especulativos. Si alguien consigue que un funcionario certifique falsamente que necesita dólares para pagar una máquina, puede venderlos a otro precio. Así se produce la corrupción de la administración y de los agentes económicos: es la mordida, como dicen en México.
Es claro que, cualquiera que sea, la cosa-dinero tiene que ver con la confianza, la cual es inseparable de la veracidad: no mentir y saber de qué se habla.
A modo de resumen: los conectivos de la sociedad civil
La consideración sistémica de la sociedad pone de relieve riesgos peculiares: la sociedad puede funcionar en contra de sí misma; cuanto más compleja sea, el riesgo es mayor. Éste es el problema de la consistencia del sistema. La familia es un sistema suficientemente consistente, aunque puede ser erosionada por la sociedad civil, porque se basa en unos radicales muy fuertes, innatos. Pero la sociedad civil suele entrar en situaciones de franca contradicción consigo misma. En ella tienen lugar procesos contraproducentes. Es lo que se llama efecto boomerang, y efecto perverso. Sucede con frecuencia que el remedio es peor que la enfermedad.
Con todo, también la sociedad civil es natural al hombre. La prueba es, precisamente, que sus contradicciones funcionales no la han aniquilado. Son patentes tales contradicciones.
Juan Pablo II enfatiza dos ejemplos de efecto boomerang; la deuda internacional y el consumismo. El exceso de consumo provoca, en vez de la intentada situación de bienestar, el descenso cualitativo de las motivaciones humanas y, por tanto, de la coherencia social. Las medidas de gobierno (de correlación de alternativas) requieren sumo cuidado. Es indudable que la racionalidad social es práctica. Pero la prueba que se ha aducido a favor de su carácter natural demuestra también que no es innata.
La sociedad familiar tiene suficiente coherencia. Aunque algunas veces pueda ser infeccionada por contagio y atravesar crisis, sin embargo, es una institución o sistema de relaciones humanas suficientemente fundado. Sería absurdo desconocerlo, porque una gran cantidad de características humanas son inseparables de la familia.
A lo largo de la historia la sociedad civil se ha ido complicando. Hay que formular algún criterio de sistematicidad; o conceder que esta forma de vida social está aquejada de inconsistencia de manera inevitable. ¿Tienen razón los pesimistas que aceptan el trilema del barón?
Muchos asuntos gravitan sobre la cuestión de la consistencia de la sociedad civil. Repito que la familia es consistente a priori; la sociedad civil no lo es. ¿De qué modo se alcanza, o cuál es el remedio de la inconsistencia social? La respuesta remite a la ética. Dicho de otra manera: la consistencia social no estriba en su funcionalidad empírica tan sólo, porque sin valoraciones la sociedad no funciona (no es acertado el enfoque empirista de la sociedad). Hoy contamos con muchos fragmentos de racionalidad en la sociedad, pero no son suficientes. La sociedad es cuestión de deber ser. Esto introduce alternativas decisivas. Ya hemos sacado a relucir varias alternativas para considerar fenómenos sociales con un enfoque no analítico: la consistencia social es asunto ético. Habrá que mostrarlo.
La asignación de recursos y las leyes económicas
Hemos comenzado a formular algunos tipos de conectivos que ofrece la sociedad civil; son plurales, puesto que las relaciones son muy complejas. Nos hemos acercado a la economía. No cabe duda de que el hombre desarrolla actividades económicas y que sin ellas la sociedad civil no es comprensible, o que omitirlas daría lugar a una visión unilateral de ella: olvidaríamos asuntos que no son los más altos, pero que integran lo social. El hombre forma la sociedad civil en parte en función de necesidades, aunque las afronta encontrando oportunidades y alternativas a través de las cuales se va desarrollando.
Por tanto, las necesidades también hay que inventarlas. Hay necesidades humanas no sentidas por mucha gente; depende de su grado de desarrollo. Paralelamente, no se debe decir que el hombre sea un animal de necesidades, porque es imposible hacer un elenco fijo de necesidades y del modo de satisfacerlas. Hay necesidades elementales — comer, etc. — que se podrían resolver sin esa compleja red de relaciones que es la sociedad civil; en ella surgen nuevas necesidades, es decir, el hombre descubre nuevos objetivos que suponen, por el momento, una carencia; pero no de un modo instintivo, sino en la misma medida en que va desplegando sus virtualidades en la convivencia. La articulación de experiencias de carecer, de posesión de capacidades y de objetivos por alcanzar, y de ejercer acciones en orden a ellos, remite a la voluntad.
Disponer de un automóvil hoy es casi una necesidad. Hace 4.000 años eso no significaba nada, entre otras cosas porque nadie sabía lo que es un automóvil. Las necesidades de desplazamiento y el modo de llevarlo a cabo eran distintos. Decir que el hombre tiene sólo necesidades naturales — en el sentido trivial de la palabra — es quedarse corto. Hay muchas cosas de las que se puede prescindir. Incluso a veces las necesidades se hipertrofian. Por ejemplo, la necesidad de cambiar frecuentemente de modelo viene de la moda o del consumismo. La idea de una serie de necesidades escalonadas (las superiores sólo aparecen satisfechas por las inferiores) es una simplificación psicologista. Otras veces se sostiene que sería mejor que el hombre redujera sus necesidades. Sería mejor en cierto sentido, pero no en otro. Por ejemplo, es mejor aprovechar más los artefactos, no desecharlos cediendo a la invitación a cambiar de modelo, que obedece a motivos económicos, es decir, a necesidades de venta (ello implica una inconsistencia sistemática). En cambio, no es bueno desistir de objetivos (empobrecer las motivaciones).
Los economistas dicen que su ciencia estudia leyes y que esas leyes son inexorables. En el desarrollo de la actividad económica, ciertas leyes aparecen forzosamente, cualquiera que sea el sistema económico: de mercado o de propiedad pública. Estas leyes, según los economistas, son muy elementales, pero se cumplen siempre. Contando con que la actuación humana parte de la libertad, está sujeta (mejor sería decir que da lugar) a regularidades inexorables. Admitiendo que sea así (si se empeñan tanto, seguramente lo será), conviene precisar qué importancia tiene estudiarlas, esto es, a qué se refieren. Por lo pronto, esas leyes tienen que ver con un asunto con el que el
hombre siempre se encuentra en el desarrollo de sus actividades prácticas: la asignación de recursos a finalidades alternativas. Esa asignación, cualquiera que sea la organización económica, da siempre lugar a consecuencias que obedecen a leyes. Si interesa estudiarlas, ello se debe a que afectan a la consecución de las finalidades pretendidas.
La asignación de recursos es la base de la economía. ¿Qué quiere decir asignar recursos? Emplear los bienes y las capacidades con que se cuenta de acuerdo con alternativas. Claro es que si no hubiera distintas posibilidades o modos de asignar recursos, es decir, si se asignaran o emplearan siempre de la misma manera, o para lo mismo, esas leyes carecerían de interés (no se destacarían). Pero en tanto que los recursos se asignan, funcionan siempre de acuerdo con unas reglas; es evidente que esas reglas no eliminan la libertad (todo lo contrario), pero carecería de sentido sostener que no existen. Si se reparten los recursos de una manera, ocurre que determinados objetivos son inalcanzables. Si se asignan de otra manera, tales objetivos serán alcanzables, pero no otros. Y esto significa que las leyes económicas se cumplen precisamente en la asignación. Entre ellas sobresalen las que tienen que ver con la formación de los precios, pues la asignación de recursos da lugar también a la formación de precios.
Las leyes de la formación de precios, que están en íntima relación con la asignación de recursos, funcionan de un modo anónimo. El hombre puede asignar como quiera, pero las leyes de la asignación se cumplen en cualquier caso. Si se emplea mucho en cañones, habrá menos mantequilla. Estas leyes ponen de manifiesto que las intenciones y las decisiones no siempre están de acuerdo: no hay que llamarse a engaño. Los economistas pueden decir que ciertos objetivos son incompatibles porque para alcanzarlos hay que asignar recursos, y si se asignan recursos para uno, con ellos no se puede pretender alcanzar el otro. La incompatibilidad de objetivos es el primer resultado útil de los estudios económicos: precisar la coherencia de algunas alternativas en un planteamiento estático.
Por ejemplo, no se puede asignar más recursos al pago del trabajo y pretender disminuir la inflación. Si se asignan los recursos de un modo, habrá un determinado grado de inflación. Si se quiere que no haya tal grado de inflación, hay que asignarlos de otra manera. Por tanto, de la ciencia económica también se sigue que la racionalidad de los agentes económicos no es perfecta, o que de su actuación pueden seguirse efectos indeseados.
¿Las leyes económicas son el sistema según el cual una sociedad funciona consistentemente? Es claro que no es así. A veces los economistas se declaran éticamente neutrales. No dicen si un objetivo es bueno o malo, sino que ciertos procedimientos existentes de asignación de recursos no son coherentes con el objetivo que se pretende. En este sentido se habla de la escasez de recursos. Si esto no se entiende, se traspasan los límites dentro de los cuales el pensamiento económico es válido. Desde luego, bien puede ocurrir que los recursos aumenten o disminuyan por factores extraeconómicos. La economía parte de datos y en este sentido su planteamiento es, sin remedio, estático. Rebus sic stantibus, no todo objetivo se alcanza, y en cualquier caso hay que contar con recursos. En definitiva, la economía enseña a un tomador de decisiones los objetivos no compatibles, en una situación dada, con una determinada asignación de recursos. Queda pendiente la valoración de los objetivos, sin la cual no tienen carácter social. Pero, en cambio, se aclara que dicha valoración no es independiente de su posibilidad de aceptación, esto es, que la ética excluye la veleidad y la arbitrariedad: no es ilusoria. Por eso, una antropología que no tenga en cuenta la economía es incompleta y, a la vez, la ciencia económica es incapaz de formular la antropología.
El economista puede, por ejemplo, atender a la doctrina social de la Iglesia. En un documento o encíclica social — que es de índole moral — se plantean tesis acerca de salarios, se denuncian prácticas de explotación, etc. Para el economista esas tesis expresan objetivos: a él le corresponde indagar si existe alguna asignación de recursos con que puedan ser alcanzados; bien entendido: queda abierta la posibilidad de que, en su conjunto, tales objetivos no sean compatibles entre sí, al menos por el momento. Pero también queda abierta la posibilidad de que los seres humanos mejoren, y con ellos los recursos.
Con todo, hay aquí una llamada de atención no desdeñable. La formulación de ciertos objetivos es demagógica, utópica, y eso quiere decir que tales objetivos son confusos. El mensaje de la economía es muy sobrio: no se puede funcionar de cualquier manera, no se puede retender, tomando en cuenta un elenco de recursos disponibles, el objetivo A, el B, el C. Aunque versa sobre la compatibilidad de alternativas, la economía sólo dice cuál es la mejor manera de asignar recursos partiendo de la existencia de objetivos. Con esto, como es claro, no se resuelve el problema de la consistencia social. El economista, en cuanto que tal, no propone objetivos. El que propone objetivos es el ser humano. La economía no es una ciencia de objetivos, sino de prerrequisitos. También la maduración del ser humano requiere recursos; su logro aporta otros nuevos.
El criterio que las leyes económicas introducen es el de limitación. Los griegos vieron con bastante claridad los límites de la técnica: se dieron cuenta de la importancia que tiene la medicina para entender lo técnico (ya nos hemos encontrado con esto a la hora de hablar del trilema hiatrogénico). Pero ni siquiera la tékne hiatriké es competente acerca de fines (ninguna técnica lo es). El médico no tiene derecho a proponer los objetivos de una persona. Puede decir cuál es su estado de salud: cómo tiene el corazón o el hígado, que si bebe tal cantidad de licor, el hígado se daña, etc. El médico dice: “si usted actúa así, le pasará esto... Si actúa usted de este otro modo, le pasará esto otro...”. Pero los médicos no pueden dictaminar cómo tiene que actuar la persona (su argumentación es condicional). A veces, sin embargo, lo dicen. Pero en ese caso no son meros técnicos. Nadie debe ser un mero técnico, pero eso quiere decir que la consistencia social no estriba en la técnica. Hoy conviene añadir que técnica y ética (el facere y el agere) guardan relaciones más estrechas que las admitidas por los antiguos, por cuanto ambas son integrantes del actuar humano. A su modo, la economía lo ha puesto de relieve.
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