POLO, Leonardo. Quién es el hombre. (Un espíritu en el tiempo). 2ª ed. Madrid: Rialp, 1993. pp. 63-74

Capítulo III

EL SISTEMA HUMANO: LAS MANOS, EL ROSTRO Y LA CABEZA.

Proyectarse hacia el futuro contiene alguna inseguridad. Pero sólo en esta línea el hombre aprende. Según la postura de Platón, el verdadero aprendizaje no es posible: el hombre sólo puede recordar, rescatar algo de una existencia más alta que es previa. Por tanto, el hombre sería capaz de ir a más tan sólo en regreso y tratando de eliminar un acontecimiento pasado desgraciado. Pero no es así. El futuro del tiempo tiene sentido para el hombre: el hombre puede conocer lo que nunca ha conocido, o reconocer sin memoria. La aporía del Menón es falsa, porque el hombre conoce la verdad cuando la encuentra por primera vez; en rigor, debe acontecer así, porque en otro caso sería imposible profundizar en ella: la profundización en la verdad es siempre nueva, inventiva. El nivel más elemental de la inventiva es la oportunidad.

La invención de artefactos

Un ilustrativo ejemplo de oportunidad se obtiene de ciertas técnicas primitivas. Supongamos, que al hombre se le ocurrió utilizar instrumentalmente un palo. Es posible, en efecto, que en algún momento el hombre cayese en la cuenta de que con una rama desnuda podía golpear más fuertemente que con el puño, cuestión importante para el cazador. La rama es como la prolongación del brazo en la intención de golpear. Sin embargo, por fuerte que sea el palo, aunque sirviera para matar animales pequeños, era ineficaz con grandes animales. El palo no hacía daño a un búfalo o a un elefante.

Seguramente el hombre cayó en la cuenta de que el interior del animal está menos protegido, ya que la protección reside en el grosor de la piel y, a la vez, que la vitalidad del animal está concentrada en las vísceras. Por consiguiente, sería mucho más eficaz un instrumento que, en lugar de producir una contusión, lograse penetrar y herir. Pero el palo por sí mismo no dice nada al respecto: sólo ofrece la oportunidad que el hombre debe descubrir: un palo afilado es una lanza. Pasar del garrote a la lanza es aprovechar una oportunidad. ¿Hace falta haber visto en una vida anterior una lanza ideal para descubrir que el palo puede transformarse en lanza mediante un aislamiento? Evidentemente, no.

Con la lanza, el hombre puede enfrentarse con búfalos: si al pinchar les penetra, puede matarlos. Pero el hombre descubrió que la lanza no sirve para cazar la veloz gacela. Las gacelas no se pueden lancear. Entonces habría que lograr una prolongación del brazo todavía mayor, lo que no se consigue con una lanza muy larga, sino tirando la lanza. Pero ¿de qué manera se arroja mejor una lanza? Eliminando peso. Es el invento de la jabalina. La rama ofrecía la oportunidad de la jabalina, pero desde la rama a la jabalina el hombre ha debido dar una serie de pasos, no analíticos, sino inventivos.

Pero aunque la jabalina aumente la capacidad de cazar, para cazar pájaros la jabalina no sirve, o muy poco. Si quiero cazar pájaros utilizando un instrumento, tengo que aumentar el impulso; para que el impulso sea más eficaz, hay que disminuir el tamaño de la jabalina. Tampoco basta la fuerza del brazo, pues de esa manera el impulso es demasiado pequeño. Hay que inventar la conexión entre lanzar un instrumento con la fuerza de otro instrumento elástico, vincular un palo afilado y pequeño con la elasticidad que impulsa. Es el arco y la flecha. La flecha abre un uso que no tiene el garrote, ni la lanza, ni la jabalina. Esta serie de pasos, observados con atención, se muestran como descubrimientos: el vector elaborador es inventivo. No se trata de que la rama recordara la lanza, sino de que la rama ofrecía una oportunidad a una inteligencia vigilante. Desde la rama, la flecha es lo inesperado.

La metáfora central de la filosofía de Heráclito es el arco tensado. Aristóteles también construye la interpretación del hombre en el tiempo desde la figura del arquero. El buen arquero es el que da en el blanco. La metáfora del arquero no es rememorativa, sino final. La vida hay que conducirla acertando; hay muchas maneras de errar y sólo una de acertar, dice Aristóteles.

Para fabricar una flecha y un arco se necesita un notable uso de las manos. Lo que se suele llamar habilidad manual es la proyección de la inteligencia en las manos.

También para domar un caballo el hombre tuvo que inventar, pues el caballo no dice que se le monte, eso es una oportunidad. Para montar un caballo hay que domarlo; una vez domado, hay que saberlo conducir. Al hombre seguramente se le ocurriría bastante pronto que podía manejar al caballo con el bocado, pues la boca es una parte del cuerpo muy sensible. Después viene el problema de conectar la doma con un arma. La caballería primero utilizó la jabalina o la flecha. Cuando se descubre el estribo, es posible articular el empuñar la lanza y el cabalgar.

El estribo es probablemente un invento de los partos. Debió ocurrir en el siglo IV. La primera caballería pesada que se conoce es la de Bizancio; de ahí pasó a Europa, dando origen a la caballería feudal. El caballero feudal va sentado sobre una silla con abanico y con estribos, porque sin suficiente apoyo no se puede golpear con la lanza. Después surge la necesidad de protegerse; así aparecen las armaduras. Todo esto hace que el caballo deba ser más fuerte. Seguramente ésta fue una de las limitaciones de la caballería griega, pues Grecia es un sitio poco adecuado para criar caballos. En Asia Menor, fértil antes de que la arrasaran los turcos, los bizantinos dispusieron de caballos grandes y fuertes.

En suma, articulando oportunidades van surgiendo utensilios complejos. Esto está vinculado a los modos de vivir (la moda también tiene que ver con la inventiva). Dicho de otra manera, cada modo de vivir es una estabilización de la inventiva. La inventiva permite la tradición. No es verdad que la tradición sea a priori de suyo: la tradición siempre ha requerido inventos. Paralelamente, muchas dimensiones humanas aparecen cuando se descubren modos de vivir: son también descubrimientos.

Las manos

Los descubrimientos son posibles porque el hombre tiene un cuerpo muy especial. Los antropólogos subrayan que el hombre es un ser con manos. Como ya advirtió Aristóteles, las manos son importantes: tan importantes que son una condición de la inteligencia práctica. Pero la mano no es algo preexistente, propio del alma uránica, sino una característica del cuerpo humano que le distingue del resto de los animales.

El hombre es bípedo. Los escolásticos decían, un poco en broma, que el hombre es el bípedo implume. Esta característica no se explica analíticamente. ¿Cómo se pasa del cuadrúpedo al bípedo? La correlación de factores necesaria para dar ese paso no se explica analíticamente: hay que acudir a un planteamiento sistemático o sistémico. Las explicaciones sistémicas son ensayos de comprensión de la correlación de factores distintos: al modificarse uno, se modifican los demás. La mano no es simplemente una pata evolucionada. Desde el punto de vista de la serie temporal, que es el tiempo que utiliza la teoría de la evolución, no se entienden las innovaciones complejas. La evolución es el modo de interpretar la temporalidad biológica desde el punto de vista de los cambios morfológicos. Pero el tiempo del hombre no es el tiempo evolutivo, porque las innovaciones complejas no se reducen a cambios morfológicos.

El hombre hace con las manos. Con esto basta para advertir que el cuerpo no es un estorbo: el ser con manos no es un alma encerrada en una tumba. La mano es un instrumento y, a la vez, el origen de la misma noción de instrumento. Posee también valor de símbolo. La mano alzada es un símbolo: es el saludo del nómada. Los nómadas tienen que verse a distancia; la mano diestra alzada desnuda significa ausencia de armas, renuncia a atacar. El hombre de ciudad usa otro saludo, también manual: darse la mano. Darse la mano significa lo mismo, pero en proximidad: si te doy la mano, es que estoy dispuesto a no atacarte. Es el símbolo de la paz.

En rigor, la mano tiene respecto de la conducta tanto valor simbólico como el rostro. Porque el hombre es un animal con rostro, no un animal con hocico (la diferencia es enorme). Pero las manos y la cara son correlativos. El bipedismo es la diferencia funcional de un par de extremidades, que quedan libres de la tarea de andar. El bipedismo es la liberación de la mano; la liberación de la mano es la mano misma. Si hay hocico, no hay mano (con hocico, el animal se inclina, es cuadrúpedo). Sin cara no hay mano, y sin mano no hay cara. El rostro y la mano constituyen un sistema; el rostro es imposible sin las manos y las manos sin el rostro. Si las manos son simbólicas, el rostro es expresivo. La expresividad y lo simbólico son dos elementos sistémicos en estrecha relación. Sin símbolo, el gesto se inmovilizaría en rictus inexpresivo, cercano a la jeta del animal. De ahí la caricatura.

El vínculo de las manos con la cara ha sido averiguado al hilo de la consideración de la temporalidad humana, y de la discursión sobre el método analítico, que no es adecuado para entenderla. Con esto se comprueba que la invención de oportunidades es solución de necesidades sólo de un modo parcial o desde un punto de vista externo; sin la oportunidad el problema se resolvería de otra manera. Es un error pensar que el hombre inventa la flecha porque tiene necesidad de comer volátiles. El hombre inventa la flecha porque descubre la oportunidad en la rama. En todo caso, el hambre, la necesidad acuciante de comer, empujaría al hombre a intentar conseguir alimento; pensar cómo se hacen las flechas es otra cosa. No es acertado explicar al hombre desde sus necesidades. Ocurre al contrario: más bien el hombre inventa necesidades. Al animal no se le ocurre comer la carne cocinada: la carne no lo dice, pues se puede comer cruda. El único ser que descubre oportunidades en el fuego es el hombre.

Es obvio que cualquier explicación de tipo mecanicista es insuficiente para las cosas más elementalmente humanas, que son enormemente complicadas y ricas. Como contamos con ellas, no nos fijamos. Corresponde al filósofo pararse a pensar lo que se da por descontado o trivial, precisamente porque contamos con ello. Lo cierto es que contamos con oportunidades descubiertas por hombres que ya han muerto, y que nos las han dejado. Pero la misma dificultad que hoy experimentamos al tratar de inventar la experimentaron ellos; que lograran vencerla no comporta que aquellas dificultades fueran menores. Una prueba de esto es el hacha de sílex. Quizá nos parezca un instrumento primitivo y tosco. Pero formalizar la técnica que emplearon sus constructores no se ha conseguido todavía. Un hacha de sílex es una piedra con un filo. El filo no se obtuvo con una sierra ni con un abrasivo, sino dando golpes, arrancando lajas, que dejan concavidades en la piedra cuyos bordes alineados forman el filo. Cómo pueda hacerse eso es un problema no resuelto matemáticamente, y no hay máquina capaz de copiarlo.

El hombre primitivo tenía que apoyar la piedra en un sitio que absorbiera en parte el golpe, por ejemplo, arena o un almohadillado de hierba. Después golpeaba una y otra vez con un ángulo y una intensidad concretos, pues de ello dependía el tamaño de las lajas. La inteligencia conectada con la mano supo resolver este problema, no menos difícil que construir misiles. La inteligencia práctica se encuentra en la mano y descubre según la mano.

La apertura del tiempo humano hacia el futuro se designa bien con la palabra oportunidades (también podría decirse que el hombre actualiza potencialidades o posibilidades de distinta manera que el movimiento físico). Las observaciones expuestas han puesto de relieve muchas cosas importantes. Platón hablaba de la gran llanura de la verdad, llena de piezas; el filósofo se dedica a cazarlas, pero, como hay tantas, su tarea es inagotable. Recordando el trilema del barón, diremos que la discusividad no es asunto unívoco, o que el tiempo no es unívoco. Es evidente que el descubrimiento de posibilidades forma un discurso, aunque no desde una legalidad a priori. En una situación de época no se puede saber si alguien será capaz de hacer una lanza desde una rama. Saberlo sería incompatible con el modo de proceder de la inteligencia inventiva (sería una inteligencia mecánica). El hombre inventa. Es preferible que sea así.

La apertura del sistema humano

La ciencia moderna es contingente porque depende de una tradición. Pero, desde este punto de vista, toda tradición es inventiva: a partir de los inventos precipita una tradición o un estilo de vida. La noción de paradigma es secundaria. En el fondo se trata de que el hombre está abierto a la realidad. La consistencia de la inventiva estriba en proporcionar un arsenal de medios al que podemos acudir (el arco, la lanza, el garrote...). Las oportunidades llegan a ser un gran conjunto de cosas de las que se puede echar mano.

¿Es esto coherente y sistemático? Desde luego, no es un sistema cerrado, sino un sistema abierto; la apertura la marcan los fines. El hombre tiene, como un elenco al que puede acudir, las oportunidades logradas. ¿Qué indica la oportunidad? El medio y lo que el hombre intenta conseguir con él. Es como uno de esos paneles en los que se colocan las herramientas, cuya sistematicidad no es lógica, porque no es estática, sino que está a nuestra disposición. La tenaza, el martillo, el destornillador... constituyen como un arsenal, al que puede acudirse si se comprende. Lo interesante no es que eso forme un sistema dado, sino que se pueda disponer de él. Aquí interviene la libertad, otra característica humana que se vería muy dificultada por la sistematicidad cerrada.

Como hemos dicho, la articulación de lo disponible depende de una sistematicidad, más profunda que la sistematicidad formal, que es el reclamarse mutuamente los caracteres humanos. Aludíamos a esto al hablar del hombre como ser bípedo. A primera vista parece que se anda mejor con cuatro patas que con dos piernas, pero lo que se gana con las manos es gigantesco.

Las manos permiten, en su sentido más primario, trabajar (la “mano de obra”, como se suele decir). A su vez, la mano es coherente con el rostro del hombre, que no tiene la forma de una cabeza animal. En el animal la cabeza es alargada, con una implantación en la columna vertebral distinta de la humana; el hombre tiene gran parte de su cabeza detrás de la columna. En el animal esto no ocurre; su cabeza no se endereza en sentido propio.

Si esto es así, en el hombre la columna vertebral tiene que soportar un peso mayor, por lo que necesita una flexibilidad y una forma especiales, distintas de las de un cuadrúpedo. En el bípedo todo el peso está en la vertical. Si la columna humana fuese recta, se aplastarían las vértebras. Al burro se le monta en el anca para gravitar sobre las patas de atrás; en todo caso, al cargarlo, hay que distribuir bien el peso en el lomo de un cuadrúpedo. La columna vertebral humana gravita, en cambio, sobre sí misma. Todo esto es correlativo.

Estas observaciones resaltan una coherencia interna que es mucho más que una consistencia matemática: es una increíble articulación de factores reales. La forma del cráneo humano es tal que permite un gran desarrollo de los lóbulos frontales. El hombre tiene una gran parte de su masa cerebral hacia delante.

El cerebro humano ocupa las tres cuartas partes de la cabeza; en el animal no es así. Sin el fuerte crecimiento del sistema nervioso, el multiuso que permite la liberación de la mano no se podría ejercer. Desde cierto punto de vista, el hombre está mal dotado; por ejemplo, corre menos que otros animales; pero puede construir flechas.

No conviene pasar rápidamente por encima de estos aspectos. Hay que darse cuenta del carácter sistémico del hombre. No se entiende el cerebro humano sin las manos, ni las manos sin el rostro, sin la forma del cráneo y de la columna vertebral. Esto son sólo unos cuantos rasgos, a los que conviene añadir muchos más: todos ellos hacen posible la familia, y al revés. Considerados en profundidad, el carácter sistémico de tales factores no es sólo de orden individual. Hay una serie de rasgos vinculados que hacen que el hombre sea naturalmente familiar y que sin la familia no sea posible la hominización.

La hominización y la familia

La familia surge con el hombre y el hombre con la familia. ¿Qué funciones son sociológicamente posibles con las manos? Por lo pronto, la división del trabajo, es decir, que el macho se transforme en proveedor de la hembra y de las crías. Esto comporta que está vinculado establemente a ellas. En otro caso, la hembra tiene que hacerse cargo de la alimentación propia y de la cría; como no la puede dejar sola, tiene que cargar con ella. El mono joven tiene que ser transportado por la madre en sus correrías nutricias, pues el mono macho forma pandillas y no es proveedor. Si el hombre no tuviera brazos, no podría proveer, porque con la boca podría transportar muy poco alimento. El ser con manos puede lograr cargar y llevar gran cantidad de alimento. Ningún cuadrúpedo es proveedor sino en condiciones precarias y siempre contando con la hembra. Pero es incompatible con el cuidado de la infancia humana comprometer a la mujer en la tarea de provisión de alimentos. Las extremidades del mono joven pueden agarrar pelo. Y tiene que hacerlo porque ha de ir colgado de la mona madre. La madre humana no tiene un cuerpo peludo, ni la mano del niño pliegue prensil de pelo.

La familia es posible por la mano. Otros muchos caracteres de la hembra humana están correlacionados con la familia, y hacen que el hombre no se desentienda de proveer. La familia es un tema sistémico. Así está escrito en el Génesis. Las feministas se enfadan con eso de la costilla originaria, pero el asunto es serio. Sin la estabilidad del vínculo matrimonial, los factores que estamos considerando no sirven para nada; sueltos, no tienen explicación. Y esta organización es necesaria, porque el ser humano tarda muchos años en ser viable. En las culturas primitivas el rito de iniciación señala la viabilidad biológica. En las sociedades más desarrolladas, la viabilidad social se alcanza a los 20 años, y cada vez hace falta más tiempo. Es evidente que el largo período de preparación es condición para el aprendizaje de la tradición anterior. El hombre nace biológicamente prematuro. ¿Por qué? Porque el hombre tiene que alcanzar altas cotas antes de ser viable. Todo esto es sistémico. Si la madre no estuviese dispuesta a un largo período de cuidado de la cría, y el padre a un largo período de aprovisionamiento, la humanidad no existiría.

A partir de una hipótesis de trabajo que formuló Lovejoy, hace al menos 30 años, sobre la vinculación de la vida familiar con la hominización, Pasergan realizó estudios de campo entre los monos. Llegó a la conclusión de que el mono que más se parece al hombre es el chimpancé. El chimpancé nace bastante inmaduro y necesita aproximadamente tres años y medio para madurar. Pero el cráneo del chimpancé no es el cráneo del niño. El daño que el cerebro del niño sufriría con el traqueteo, si tuviese que ir agarrado al pelo de la mona madre mientras ella corretea, sería irreversible.

El hombre es un ser naturalmente familiar. Y esto une las razones morales con la biología. En la evolución el hecho diferencial humano es la familia. Pero la familia no es un mero hecho, sino una correlación de factores. Sin la familia la historia no es posible, ni las tradiciones y tipificaciones humanas, ni las formas sociales su prafamiliares, ni la diferenciación del trabajo... Pero no hablamos desde un punto de vista analítico, ni considerando condiciones iniciales, sino una constelación de factores todos los cuales se reclaman mutuamente. Ninguno de ellos tiene sentido sin los demás.

Es evidente también que la mano femenina acoge al niño, le acaricia. El niño no se agarra a la madre, sino que la mano materna prefigura la cuna, el lugar donde sigue desarrollándose y creciendo extrauterinamente. La forma de la cabeza tiene que ver también con la sonrisa y con la fonación. ¿Por qué sonríen los niños? Porque la sonrisa es el gesto que menos esfuerzo muscular requiere. El niño no coordina los movimientos de sus manos; no sabe sino sonreír. Lo primero que hizo el hombre, según la Biblia, antes del pecado original, fue ponerle nombres a las cosas...

El método analítico no es muy adecuado para tratar una complejidad o una interdependencia de factores que es preciso, aunque difícil, abarcar con una sola mirada. Las implicaciones y posibilidades que de esta manera se abren son muy abundantes. Lo complejo no son los factores, sino sus interrelaciones. Entre estas interrelaciones, unas son más unitarias que otras. En la exposición han aparecido ciertas posibilidades, las llamadas oportunidades, que constituyen un conjunto articulado. De las oportunidades se dispone. Este estar a disposición comporta una unidad entre los instrumentos. Debajo de ella aparece una estructura más intensa que hace posible el instrumento mismo. La consideración de la estructura anatómica del hombre permite advertir que es un ser familiar. La familia es una unidad suficientemente firme para constituir lo que se llama una institución.