POLO, Leonardo. Introducción a la Filosofía. Pamplona: EUNSA, 1999. pp. 21-31

Primera Parte  -  La filosofía hasta Aristóteles


Capítulo 2

LA ADMIRACIÓN COMO COMIENZO DE LA FILOSOFÍA

La filosofía es el amor a la verdad, la búsqueda de la verdad. La filosofía se ocupa de la verdad de modo global, sin restricciones. Lleva consigo una actitud sin la cual el amor a la verdad no aparecería, o estaría condicionado por otros intereses; el amor a la verdad tiene que ser sincero, auténtico.

La filosofía resulta signo de paranoia para algunos: ocuparse de lo que no existe. ¿Qué es la verdad? Es la pregunta de Pilato. Era un escéptico y sucumbió a la componenda, tuvo miedo de la turba y ganó una tranquilidad falsa. Encontrarse con la verdad puede acontecer de muchas maneras. En cualquier caso, si no tiene lugar el encuentro con la verdad, no hay libertad, porque entonces no hay encargo posible, no hay tarea asumible. Lo que encarga es la verdad. Uno puede encontrarse con la verdad de un modo global: no con la verdad de esto o lo otro, sino en esto o lo otro descubrir la verdad como tal. Y entonces se llega a decir: la he encontrado, pero todavía no la he enunciado. La verdad encarga ante todo la tarea de pensar: la inteligencia tiene que ponerse en marcha para ver si puede articular un discurso que esté de acuerdo con la verdad.

El filósofo que se encuentra inspirado por tan alto objetivo suele hablar de filosofía primera y de filosofías segundas. Las filosofías segundas son derivadas: filosofía del derecho, de la sociedad, de la acción, del arte, psicología, etc. Las filosofías segundas no lo son a medias ni cuasifilosofías; para cultivarlas conviene mantener siempre la actitud filosófica, la mirada global.

Hegel decía de sí mismo que era un desgraciado porque estaba dominado por un incontenible afán de verdad. En rigor, le faltaba esperanza. La afirmación de Hegel es una interpretación patética de la filosofía (Hegel debió experimentar fuertes contrariedades; estudió mucho en su juventud y después tuvo que colocarse como preceptor, y esto no le gustaba mucho). En cualquier caso, se ha de recomendar paciencia; hay que tener en cuenta el tiempo necesario para ir madurando y combinar, en dosis variables según la edad, el estudio y la propia indagación.

Con todo, tampoco es recomendable una actitud tan exagerada como la de Kierkegaard, un gran filósofo romántico. Kierkegaard concede a la decisión un gran valor, pero dice que si se tarda en ponerla en marcha, pierde todo su fervor. Kierkegaard es demasiado exigente. Es la suya una autenticidad caricaturesca, ilustrativa, sorprendente, pero irrealizable. Ambas actitudes, la de Hegel y la de Kierkegaard, comportan crispación. No, la verdad es alegre, porque es preferible a cualquier otro objetivo vital, y reclama sinceridad de vida, búsqueda. Conviene empezar de una buena vez sin prisas; importa no ser escéptico, no renunciar a la tarea de buscarla y servirla, por más que parezca utópica o inalcanzable. Buscar la verdad lleva consigo ser fiel a ella, no admitir la mentira en uno mismo.

Los filósofos clásicos consideraron que la admiración despierta la filosofía. La admiración tiene que ver con la ingenuidad: el filósofo se admira sin condiciones, sin resabios. Con todo, la filosofía no es tan antigua como la humanidad, sino que surge de modo abrupto: en un momento determinado se desató la admiración en algunos hombres. La admiración no es la posesión de la verdad, sino su inicio. El que no admira, no se pone en marcha, no sale al encuentro de la verdad.

Sin embargo, la admiración es más que un sentimiento. Intentaré describirla. Ante todo, es súbita: de pronto me encuentro desconcertado ante la realidad que se me aparece, inabarcada, en toda su amplitud. Hay entonces como una incitación. La admiración tiene que ver con el asombro, con la apreciación de la novedad: el origen de la filosofía es algo así como un estreno. A ese estreno se añade el ponerse a investigar aquello que la admiración presenta como todavía no sabido.

En nuestra época parecemos acostumbrados a todo: no nos damos cuenta de cuán espléndido es lo nuevo. Asistimos a muchos cambios; sin embargo, sólo son cambios de moda, de modos: este sentido de lo nuevo tiene que ver con lo caleidoscópico; no son novedades reales, sino recombinaciones. Hoy se arbitran múltiples procedimientos para llamar la atención de la gente, para que el público pique. La propaganda de una conocida bebida, por ejemplo, pretende llamar la atención con un reclamo: “la chispa de la vida”. Estamos solicitados por muchos estímulos, por muchas llamadas vertidas en los trucos publicitarios. También los políticos tienen un asesor de imagen, porque no es fácil que un político salga bien en la TV.

La admiración no tiene nada que ver con esto. No es el llamar la atención utilizando procedimientos propagandísticos. No es una cuestión de imagen. La admiración no es la fascinación. Fascinada, la persona es manejada por intereses ajenos y particulares, pero la filosofía es una actividad del hombre libre: los filósofos han descubierto la libertad, porque para ser amante de la verdad uno tiene que ponerse en marcha desde dentro, ser activo. Ante la publicidad uno es pasivo: con ella se intenta motivar e inducir. La admiración es el despertar del sueño, de la divagatoria, pues desde ella se activa el pensar: ponerse en marcha el pensar es filosofar. La filosofía es un modo de recordar al hombre su dignidad, es uno de los grandes cauces por los que el hombre da cuenta de que existe. Los grandes filósofos han sido humanistas.

La filosofía tiene una importancia histórica extraordinaria. Antes de la filosofía, los pueblos viven prisioneros de un cauce inmemorial. Hegel lo dice de un modo excesivo: un pueblo sin filosofía es un monstruo; no se aprecia a sí mismo como sujeto de la historia universal. No es para tanto: digamos que un pueblo sin filosofía es un “pequeño monstruo” despistado, extrañado. Lo extraño ha de conjurarse, obliga a ejercer un poder que lo domine. Ese dominio exige el empleo de recursos, que son muy variados. Cuando esos recursos son nobles, acontece lo que se llama civilizar, colonizar. Los pueblos sin filosofía, o los que la han olvidado, no son estériles, pero, a lo sumo, alcanzan a civilizar, a superar su desconcierto ante el cosmos imponiendo la impronta humana a lo extraño. La filosofía pone al hombre ante algo insospechado, pero no ajeno. La filosofía reclama una actividad muy intensa, pues la verdad no se deja domesticar, sino que su encuentro con el hombre lo dignifica. La verdad no obedece a conjuros. Por eso, para salir a su encuentro hay que partir de la admiración.

La admiración es el inicio del filosofar, la primera situación en que se encuentra el que será filósofo. Insisto, quizá no resulte fácil admirarse en nuestros días porque estamos bombardeados con todo tipo de solicitaciones “civilizadas” que reclaman nuestra atención; esos bombardeos pueden aturdir o dejarle a uno insensible. Porque una cosa es civilizar y otra dejarse civilizar: esto último vuelve a provocar la extrañeza o conduce a abdicar ante un dominio excesivo. En la época del triunfo de la publicidad hablar de la admiración exige ciertas precisiones. Casi siempre, lo que se nos pide hoy no es admiración, sino una especie de suspensión estática del ánimo, algo así como lo que pude ver hace poco en una fotografia del periódico: unas personas que estaban mirando un equipo de fútbol con cara de que se les hubiera aparecido un ser sobrenatural. La admiración es menos pretenciosa. Cuando se admira no aparece lo brillante, sino un resplandor todavía impreciso. Intentaré describirlo para que por lo menos se caiga en la cuenta de cómo fue, seguramente, el primer momento de la filosofía (una actitud que, por otra parte, se ha repetido muchas veces). Aristóteles, que estaba muy cerca del origen de la filosofía y conocía muy bien a los filósofos que le habían precedido, sostiene que de la admiración arranca el filosofar.

Ya digo que cuando se reclama nuestra atención en términos propagandísticos, se lleva a cabo una exhibición. Pero eso no es propio de la admiración. En ella la excelencia no se exhibe, sino que más bien se oculta. Admirarse es como presentir o adivinar: un anticipo, no débil, sino pregnante, pero sin palabras. Y, además, tampoco saca de si (el entusiasmo platónico es posterior a la admiración). No es una incitación al éxtasis. El extático es el que se queda como alelado, y sólo sabe salir de sí (ex-stare); es una especie de emigrante a otra cosa. En cierto modo, se trata de un desarrollo de la admiración, pero no completo, sino unilateral; la admiración no es sólo una invitación a ir por algo, sino a erguirse.

Ese carácter indeterminado que tiene la admiración se refiere tanto al objeto como a uno mismo, a los propios resortes que tendrían que responder a lo admirable, pero sin acertar a saber todavía cómo. Hay una imprecisión en la admiración que hace difícil su descripción psicológica (quizá la admiración no sea un tema psicológico, porque es doblemente indeterminada). Hay una clara ignorancia ante lo admirable o admirado, que no se muestra patentemente, pero a su vez, tampoco el hombre sabe qué recursos humanos debe poner en marcha para penetrar o hacerse cargo de lo admirable. Ahora bien, esa indeterminación no comporta inseguridad, sino todo lo contrario. Lo que no comporta es certeza. Esta distinción es sumamente importante.

Si consideramos esta doble imprecisión en sí misma, y no el despliegue que surge después, y que es ya la propia vida filosófica, podemos aproximamos al modo cómo Hegel entiende la admiración. Para Hegel el comienzo es la pura indeterminación y dice que esa indeterminación es el ser. Esto aparece en una obra suya escrita en Nüremberg (Ciencia de la Lógica. En el año 1812 se publica la primera parte; la segunda es de 1816). El comienzo, dice, es el puro ser; ser es nada. Con esto Hegel no está aludiendo a un asunto psicológico, sino que indica que en el comienzo de la filosofía todavía no se descubre el pensar: el sujeto todavía no se ha dado cuenta de su dotación intelectual, y el tema aparece de una manera muy vaga y muy amplia. Pues bien, esta sería la admiración considerada estáticamente. El comienzo de la filosofía, el comienzo de la metafísica — la metafísica para Hegel es la ciencia de la lógica —, es puro ser, es decir, nada. Nada significa aquí nada predicable: del ser no se puede decir nada. A Hegel se le ocurre entonces que se ha de dar un salto, y que procediendo por contraposiciones se va progresando: se logran determinaciones (ése será el proceso dialéctico).

Insisto. Si tomamos la admiración así, como una situación aislable, como un estadio que corresponde al comienzo, pero no es proceso, sino sólo y puro comienzo; y si nos mantenemos en él, entonces para ir más allá y desarrollar la filosofía, habría que diferenciarse del comienzo negativamente. El puro ser es el solo ser; el ser no acompañado. El ser acompañado es, por lo pronto, acompañado de lo que se dice (y después, según Hegel, del fundar). Esta es, por lo demás, una vieja tesis aristotélica: predicar es conocer algo con algo o como algo. Cuando digo: “el perro es blanco” estoy conociendo a perro como “blanco” y “con” blanco. Es la apóphansis, dice Aristóteles. O, dicho también por él: el juicio consta de categorías. El término “categoría” viene del lenguaje judicial, y significa acusación: “yo acuso al perro de blanco” (digo blanco de él). Esta es una descripción muy neta de la predicación. Pues bien, en el puro comienzo al ser no se lo conoce sino como nada porque no se conoce con nada; desde el punto de vista predicativo, el ser carece entonces de referencias a él y, precisamente por eso, tampoco es un supuesto: es la eliminación de toda presuposición, dice Hegel: la Voraussetzungslöslichkeit (exención de supuestos).

Así pues, admirarse es dejar en suspenso el transcurso de la vida ordinaria: ésta es su consideración estática. Por tanto, esa expresión hegeliana — que traduzco como “exención de supuestos” —, se podría entender sin más como puro comienzo. El ser en el comienzo no se dice de nada, ni nada se dice de él. Tampoco la admiración: lo admirable no es un predicado ni admite predicados. Y eso quiere decir que es una situación sin precedentes: no pertenece a un proceso. Cuando uno se admira es como si “cayera” en la admiración (estoy hablando, insisto, de la admiración filosófica). La admiración se experimenta por primera vez: antes de admirarse uno no sabia que se podía admirar. Por eso, la filosofía tiene en su origen un carácter subitáneo: se cae en la filosofía como cayendo en lo que no se había sospechado; la precedente actividad civilizadora todavía no permitía instalarse en la admiración. El origen de la filosofía no tiene precedentes en sentido propio: eso es admirarse.

Algunos autores han dado de la admiración una interpretación patética. No es asunto fácil. En la admiración Sócrates notaba la pura insipiencia que permite la ironía (cuya interpretación patética es el desprecio de los cínicos a la civilización) y según Nicolás de Cusa la docta ignorancia. Cuando uno se admira su atención se concentra en “eso” de lo cual se admira y que aún no se conoce. Sabe, entonces, que todo lo demás no vale. Es la distinción entre lo admirable y lo prosaico. Por eso, el filósofo empieza separándose del mundo empírico. Esa separación obedece al mismo carácter insospechable de la admiración. La admiración es como un milagro: de pronto se encuentra uno admirando. La admiración es el descubrimiento de lo insospechado, de lo antitópico, lo contrario a lo que Heidegger llama el “se”, las habladurías (detectadas también por Kierkegaard).

Con estas indicaciones estoy intentando conducir descriptivamente a la admiración. Quizá todavía alguien no ha caído en ella, sino que se admirará en otro momento de su historia académica (quizá en algún momento se dará cuenta de que no sabe aquello de lo que se ha enterado): quien tiene esa suerte, ése es filósofo. Digo suerte porque esto no tiene explicación lógica, ni depende de condiciones manejables.

Se suele decir que todo el mundo en cierta manera es filósofo. Sin embargo, eso se refiere a que la gente madura a lo largo de la vida acumulando experiencia: se desengaña de algunas cosas y adquiere convicciones que le sirven para manejarse bien en la práctica, etc. Pero saber conducirse en la vida no es la admiración, ni arranca de ella. El desarrollo de ese saber vivir seria más bien la adquisición de un saber práctico: de un saber segundo logrado, a través de muchas experiencias y correcciones. El desarrollo de la inteligencia práctica, como filosofía, es la filosofía práctica. Pero la filosofía práctica no está en el origen de la filosofía, pues dicho origen está en el dejar de lado, en suspenso, la práctica.

No dejar en suspenso la práctica (o mirarla por el rabillo del ojo) da lugar a la interpretación patética, afectiva, de la admiración. La interpretación patética de lo que Hegel llama el puro ser es lo que Heidegger llama la angustia. La angustia es la consideración afectiva de la nada, de la pura impredicabilidad.

La angustia, en el sentido aquí indicado, no es una situación psicológica, porque no la provoca un motivo determinado. No es el miedo; se tiene miedo a algo. La angustia es angustia de nada. En esta interpretación patética, la nada deja en suspenso, o atrás, nuestro saber práctico, que es conectivo. En nuestro saber práctico sabemos lo que es un martillo porque sirve para martillear; martillear es respecto del clavo y del clavarlo. La comprensión de un uso es claramente relacionante y lingüística, porque se conoce el martillo con el clavo o como lo que clava. Ese tener que ver una cosa con otra en términos verbales de uso, es la estructura del saber práctico, como pone de relieve Heidegger en Ser y tiempo (1927); la mutua pertenencia del interés y lo interesante.

Ahora bien, en la angustia no hay nada de práctico ni de relacional. El saber práctico no es admirable, ocupa nuestra atención, pero sabemos de qué se trata. El hombre desempeña un “rol” en la sociedad según sus aptitudes. Pero en la admiración lo práctico se deja de lado. Con la angustia pasa igual: es “aquello” respecto de lo cual no sé cómo comportarme. Esa angustia de nada es un no saber qué hacer, pero no saber qué hacer hasta el punto que no tiene sentido ni el preguntar qué hago. Por eso, repito, la angustia no es psicológica, sino la pura suspensión del saber comportarse. El que se admira de esta manera nota una falta de conveniencia en lo práctico: lo admirable no se maneja. Por eso en las culturas pragmatistas la admiración puede aparecer patéticamente como angustia. La angustia es el sentimiento de los sentimientos, aquello en nosotros que se corresponde con la insuficiencia de cualquier práctica. Sin embargo, en Heidegger la filosofía se entiende como la reposición de cierta copertenencia entre el hombre y el ser. Es la noción de Ereignis, que conserva una reminiscencia de la estructura de lo práctico.

Así pues, dos filósofos pertenecientes a épocas distintas, aunque relacionados en su genealogía intelectual, proponen dos versiones de la admiración. Hegel habla del ser puro en 1812 (aunque ya estaba indicado en 1807 en la Fenomenología del espíritu, en la que utilizó notas anteriores). Heidegger lo señala en Qué es metafísica, una obra de 1929. En rigor, los dos se refieren a la admiración y procuran aislarla de todo lo demás: ¿logran hacerlo? Uno la vacía desde el punto de vista lógico y el otro desde el punto de vista de la practicidad.

He acudido al testimonio de estos dos filósofos modernos (criticados por algunos que se consideran vinculados a la filosofía clásica, y que objetan: ¿qué es eso de que el ser es la nada o la angustia una actitud trascendental?), para mostrar que el comienzo de la filosofía, es, en el fondo, bastante parecido. Lo que Aristóteles llama admiración, Hegel lo llama puro ser y Heidegger angustia. Los que empiezan a filosofar se encuentran en una actitud muy semejante. Sin embargo, hay pequeñas diferencias que explican desarrollos posteriores divergentes. En suma, todo filósofo empieza a filosofar de la misma manera: admirándose. Es claro que Hegel y Heidegger consideran la admiración de un modo demasiado estático o patético; intentan describirla por exclusión de la predicación teórica o de la conexión práctica. También es evidente que ambos desarrollan su filosofía de distinta manera. La razón es ésta: los autores citados describen la admiración de una manera unilateral, por destacar demasiado aspectos no suficientemente primarios. El pequeño error en el principio estriba en ellos, en que no se comienza donde estrictamente se ha de empezar.

En cualquier caso, la filosofía no tiene sucedáneos. Después, si se conoce la filosofía, puede uno ocuparse de muchos asuntos, pero, de entrada, es menester el caer en la admiración. ¿La imposibilidad de predicar, de usar, es lo enteramente previo? ¿Lo es la situación que los modernos llaman a priori? ¿O lo que Descartes llama duda universal?

Los griegos enfocaron este asunto de un modo más sencillo: no trataron de delimitar con la filosofía o dentro de ella el tema de la admiración, sino que lo descubrieron sin más y sólo por ello se pusieron a filosofar. Esto permite notar que la admiración lleva consigo un descubrimiento inicial — y me parece que esto es lo más importante que ocurrió en Grecia —: se cae en la cuenta de que no hay sólo procesos. Y eso de más ¿qué es? Realmente es lo único que despierta la admiración. La admiración se estrena sin razón antecedente: no está preparada por nada. Pero la ausencia de proceso ¿qué es? ¿Qué es lo admirable? Lo estable, o si quieren, la quietud. Dicho más rápidamente: lo intemporal.

Caer en la admiración es caer en la cuenta de que no sólo entra en juego el tiempo; al admirase se vislumbra lo extratemporal, lo actual. Esto es lo que tiene de acicate la admiración. La concepción griega destacó algo que no está tan claro en Hegel y menos en Heidegger (por otra parte, Hegel pretende el saber absoluto de lo absoluto, lo cual, como dije, no es la filosofía). No sólo existe el movimiento, no sólo existe el tiempo, no todo es evento, proceso, sino que se da, hay, lo actual, lo que no está surcado por ninguna inquietud. Para Hegel el proceso es la inquietud. Con la admiración la filosofía advierte lo estable. ¿Es poco descubrimiento? No es un descubrimiento acabado, pero caer en la cuenta de que no todo pasa, no todo fluye, que no todo es efímero, eso es admirar. La admiración solamente es posible si hay algo que se mantiene, y por eso es subitánea, no está preparada temporalmente. Lo temporal no es admirable; porque nos trae azacanados y nos gasta, es el reino del gasto. La admiración nos libra del imperio tiránico del tiempo: lo más primario no es temporal.

Esto constituye el centro de la admiración y lo que tiene de milagro. Lo prodigioso es que no haya sólo tiempo. Desde que el hombre nace, sus vivencias están trenzadas y vertidas en la temporalidad. El saber práctico es temporal, se refiere a lo contingente, a lo que puede ser de una manera o de otra. También lo proposicional tiene que ver con el tiempo, porque el perro blanco puede dejar de ser blanco y además ha empezado a serlo.

En suma, la filosofía empieza por el descubrimiento de lo intemporal. La filosofía sólo puede empezar admirando. Pero con ello sólo empieza; después vienen las formulaciones y las aporías. La filosofía no es un acontecimiento histórico que tuvo lugar una vez en Grecia, en las costas espléndidas del mar Egeo; no, la filosofía surge según el acontecimiento de la admiración: unos hombres cayeron en la cuenta de que no sólo hay tiempo. Esto tiene el carácter de un acicate para saber más. La averiguación de lo intemporal no es de poca monta, y sólo quien se ha admirado lo sabe; si no, puede que lo haya oído, pero no lo sabe. ¡Qué cosa más sorprendente que en la existencia humana, de pronto, se encienda como una luz lo intemporal! El hombre se puede parar, porque admirarse es pararse. ¿Cómo es posible que el hombre se pare si su existencia fluye temporalmente? Y sin embargo, en algunos hombres ha acontecido la admiración: han caído en la cuenta de que su vida no sólo transcurre. Esta es la carta fundacional de la filosofía. La filosofía versa sobre cualquier cosa, también sobre el tiempo, pero en su inicio está la admiración, la seguridad de entender esto: ni en la realidad — porque entonces no sería admirable —, ni en mí — porque no podría admirarme —, la inseguridad es lo único.

El hombre se dio cuenta de pronto de que había estado dormido. Por eso no tiene nada de extraño que los primeros filósofos llegaran a la conclusión de que el tiempo es irreal, como un sueño. Pensar que sólo existe lo que soñamos es no pensar. Que hay tiempo, decía Parménides, es dóxa, opinión; sólo es verdad lo intempoml, lo ente, lo eterno. Esto es muy notable. Y precisamente porque se conserva, la filosofía puede continuar. Recuerdo cuando me admiré por primera vez. Fue contemplando el firmamento, y caí en la cuenta: ¡firmamento! Seguramente los jonios también se admiraron así. El firmamento es lo firme. Los primeros filósofos fueron astrónomos. También Kant dice: hay dos cosas que despiertan mi admiración, el cielo estrellado fuera de mí y el sentido del deber que está en mí.

¿Por qué es admirable el cielo estrellado? Podría decirse que por aquello que sostiene la investigación de Kepler o Newton o Laplace, o de los físicos actuales. De entrada, el cielo comporta la simple sugerencia de que es siempre igual, de que no está sujeto a los avatares terrestres. Incluso las antiguas representaciones, anteriores a la filosofía, se sentó la tesis de las estrellas fijas: están como tachonadas o clavadas en la bóveda celeste. Eso tiene que ver con la admiración, aunque todavía no lo es, porque ésta surge cuando un hombre se detiene, se para ante ello, y dice: ¡no sólo existe el tiempo!

Entonces me encuentro ante lo más digno de ser tratado: aquello de lo que sin excusas he de ocuparme. La admiración despertó la filosofía como una especie de vocación, pues al caer en la cuenta de que no existe sólo lo temporal, aquello a lo que tengo que dedicarme es lo intemporal, ya que si lo intemporal no existiera, y en mí no hubiera nada intemporal, me reduciría a ir pasando. Podría, en todo caso, sacralizar lo intemporal; pero esa actitud religiosa no es la admiración. Cuando se habla de “firmamento”, se alude a algo que incluso desde el punto de vista semántico connota la solidez: lo que tiene la suficiente consistencia para mantenerse, de manera tal que el tiempo pasará, pero a él no le toca: no es afectado por el tiempo.

De todas maneras, frente a lo eterno se puede plantear la gran dificultad que propuso Protágoras de Abdera, uno de los grandes sofistas. Sostuvo que todo es relativo y que sólo vale lo que se tiene en las manos. Protágoras sabía muy bien a qué se oponía; sabía también que renunciaba al afán de su maestro, Heráclito (que de ningún modo es un movilista). En suma, cabe decir que eso de la filosofía es una quimera, y que conviene dedicarse a otras cosas más asequibles. Pero quien acepte esa excusa nunca será filósofo.