POLO, Leonardo. Sobre la existencia cristiana. Pamplona: EUNSA, 1996. pp. 271-288 |
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ACERCA DE LA PLENITUD Transcribo a continuación algunas reflexiones personales articuladas desde la enseñanza de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, en especial la contenida en la Homilía que pronunció durante la Misa celebrada en el Campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967; y en sus declaraciones publicadas en el número 26 de la revista Palabra. Confío en no haber desfigurado su mensaje. Por eso escribo estas páginas, tan esquemáticas e incompletas, aunque, desde luego, prefiero rotundamente escucharlo. I 1. Jesucristo, Hijo de Dios, perfecto Dios, nace eternamente. En el Principio, en Él son la fuerza y el sentido supremos. Pero además, el Hijo de Dios nos ha sido dado en el tiempo, y de tal manera que, perfecto hombre, nació de mujer. Así nacido sin mengua de su identidad personal, cumple la tarea de hacer nuevas todas las cosas. 2. Cristo nace también en el cristiano. Para el cristiano ello equivale a su propio renacimiento, pues Cristo no se encuentra en él sino en la medida en que lo repristina, atrayéndolo y configurándolo a Sí Mismo. El cristiano, hombre de Cristo, vive por El, logra el poder de ser hijo de Dios, de cumplir obras de resonancia eterna. En el magno acontecer vital que es la Revelación vemos, pues, destacarse un rasgo esencial: la renovación de la Plenitud Primordial[1], que se da y de nuevo se despliega, concentrando su reiterado rebrotar en unidad de orientación y destino. En el ámbito de la Revelación nada es inerte, porque Aquel que era en el Principio está con nosotros. Cristo no es un don pasivo para quien lo recibe, sino que exige abrirle paso. El cristiano ya no vive para sí, pero, en cambio, vive para Cristo, que ha de llegar a la plenitud también dentro de él. Cristo en el hombre es una energía encomendada que no puede quedar paralítica.
En la fusión entre el don renovador y la responsabilidad de realizarlo, ¡una vez más!, según uno mismo, consiste el vivir cristiano. Cristo, que es nuestro propio renacer, ha de expansionarse a través de nuestro pensamiento y habla, de nuestros afectos y obras. La detención de este proceso sería, pura y simplemente, la exclusión de Cristo en el hombre. A una, somos Cristo y Cristo es en nosotros. A una, recibimos su fuerza y a ella hemos de atenernos. El fracaso de Cristo sólo sería nuestro propio fracaso; nuestra pérdida sería perder a Cristo porque, en definitiva, Él es nuestra única ganancia. De este modo, el primero de todos los imperativos — amar a Dios con todo el corazón y con toda la mente — llega a ser la urgencia vital por antonomasia. El mandamiento y el ímpetu de la existencia, al unirse estrechamente, constituyen la libertad cristiana. * * * La gozosa capacidad que queda reflejada en las breves observaciones anteriores, es lo que Dios ha querido para el hombre[2]. Pero siendo el hombre de hecho criatura debilitada y de escasa lucidez, propensa a la arbitrariedad, la existencia humana se encuentra constantemente frente a una cuestión decisiva que enunciaré escuetamente así: ¿Cómo abrir cauce a Cristo? Es manifiesto que por lo común falta o, al menos, es insuficiente, la inspiración para resolver este interrogante en toda su amplitud. Con frecuencia encontramos en grandes regiones de nosotros mismos y de nuestro entorno una opacidad, resistencia o estolidez, que parece condenar a la inanidad el proyecto cristiano central. Lo negativo de la situación puede describirse como sigue:
1. Ante todo, en el plano interior se comprueba la aridez del corazón, esto es, un sentimiento básico de cansancio que obtura el ánimo ante los ideales y concluye estimándolos inasequibles. Las grandes tareas, que necesitan tenacidad y esperanza, pierden su valor incitante y se omiten. Paralelamente, se nota un cierto embotamiento — anquilosamiento — mental, que es ciego para el contenido de las cosas y se contenta con formalismos superficiales, sin penetración. La falta de agilidad de espíritu lleva a inhibirse ante la abigarrada diversidad de sucesos e iniciativas, a buscar refugio frente a lo imprevisible. No se acierta a descender desde los principios a su aplicación. Y de todo ello emana un estado inconcreto de incertidumbre e inquietud. El tono psicológico que acabo de esbozar está muy generalizado y sus consecuencias pueden advertirse en muchos aspectos de la vida. Es claro, por ejemplo, que se va acortando el radio de intereses de la gente (individuos y grupos sociales), centrados en los problemas de competencia que surgen en el reparto del bienestar. Salta a la vista la desgana, la desconfianza frente a las revisiones de algún alcance de los sistemas que marcan el funcionamiento de la vida. Estos sistemas se acatan sin entusiasmo; de ellos sólo se espera que garanticen un cierto nivel de seguridad. Las esporádicas rebeliones carecen de coherencia: con excesiva frecuencia son simple producto de la incomodidad o de la inadaptación. Señalemos también la pseudocultura ambiental, la escasez de ideas superiores, muchas de ellas, además, anticuadas. 2. Por otra parte, si dirigimos la atención a las grandes líneas que definen la situación de la humanidad en la época actual, el desaliento interior de tantas gentes encuentra un correlato objetivo. El mundo humano no anda del todo bien: las injusticias que no se reparan, las enormes desigualdades entre los pueblos, las pugnas entre ideologías contrarias, en el fondo inútiles pero que impiden el entendimiento mutuo y la formulación de planes a la altura de los problemas; el riesgo de catástrofes inauditas, el confusionismo moral. El mundo humano no anda demasiado bien, pero anda deprisa. Rápidas mutaciones hacen caducar conceptos y doctrinas a los que se confiaba el caudal de la existencia. La previsión del futuro es desbordada o desmentida de continuo. La dinámica de lo humano en la actualidad es rápida, pero también descontrolada. La clásica pregunta ¿qué hacer? se desvanece frecuentemente en la perplejidad. Los cambios acelerados contrastan con el entumecimiento de las instancias directoras. Se trata de cambios suscitados a partir de una inestabilidad subyacente, que se proyecta en ellos como en su propio remedio y, por lo tanto, de un modo inevitable. Resalta la penuria de esta situación. ¿Quién es capaz de tomarla a su cargo? * * * En algunos sectores cristianos, el panorama del mundo actual induce una penosa impresión de desfasamiento. La vasta mutación acontecida en las últimas décadas es percibida de repente y contrastada con las ideas recibidas, con el tenor de vida aconsejado. Parece que nos hemos quedado atrás y que estamos siempre al borde de retrasarnos. Ciertos moldes, estilos de pensamiento y ritmos de acción, se consideran ajenos a lo que hoy está pasando, sin sentido ni vigencia para la época, incapaces de influir en ella. De este modo, la comparación desemboca en un criterio valorativo. 1. Se siente entonces la necesidad apremiante de asimilar las cosas advenidas históricamente extramuros de lo eclesiástico. Es preciso remozarse, despojándose del pasado, que es el obstáculo para la presencia activa en los órdenes nuevos. Hay que salir del “ghetto” de lo inactual; hay que salvar la distancia que el inmovilismo de siglos ha ido alargando. Y todo esto hay que hacerlo de la noche a la mañana. Se postula con ánimo apresurado, no exento de nerviosismo, una serie de procedimientos y de consignas encaminados a liberarse del pasado y a ponerse en línea con el presente. Así pues, cuando la conciencia cristiana se deja dominar por esta preocupación proyecta solidariamente dos intenciones: La primera es crítica: la descalificación del pasado en bloque. En esta crítica se observa aspereza, fruto de la amargura íntima (no es fácil evitar la exageración cuando se hace insufrible lo que ha sido) y una seguridad aparente (que entra en colisión con la autoridad), simple simulacro emanado de un deseo sin control. Por eso, cuando alguien no la comparte, o se resiste a su tono obsesivo, se vierte sobre él el encono de la propia decepción. La segunda es la programación del “aggiornamento”. Se sientan sus requisitos indispensables, su excelencia casi soteriológica. Pero tales programas suelen ser improvisados porque no obedecen a un conocimiento suficiente de la realidad profana (falta experiencia); son fórmulas extrínsecas que al proclamarse de un modo absoluto no son congruentes con la dinámica de nuestro tiempo y en breve se revelan inoperantes. Como son promovidas en ambientes muy minoritarios y reflejan una problemática muy particular, no son incorporados por la mentalidad común. 2. Junto a las ansias de actualización aparece el recurso a las técnicas, cuya abundancia y vigor funcional caracterizan a nuestra cultura. Determinadas técnicas de organización, mejor o peor hilvanadas, se proponen como panacea universal. Con ello se recae en un centralismo clericalizante que trata de forzar resultados y sólo alcanza a producir agitaciones superficiales, sacudidas que ni impulsan ni dirigen. Estos ensayos desconcertados contribuyen, más que otra cosa, a perder contacto con la realidad, al aislamiento y a un cierto encastillamiento. He aquí cómo las iniciativas de algunos cristianos pueden llegar, por falta de serenidad y de respeto, a extremos paradójicos, es decir, a resultados exactamente opuestos a lo que se pretendía. Algunas veces en tales intentos la herencia doctrinal — el depósito de la Fe — se disgrega. El desconcierto llega así a su colmo y linda con el absurdo. Y es que, en efecto: 1º. La condena del pasado eclesiástico es una trasposición de la discontinuidad entre el estado de pecado y el estado de gracia. La trasposición es inadmisible: la Iglesia es Santa siempre. 2º. La inserción del cristianismo en el mundo no es primordialmente cuestión de técnicas. La idea de panacea cristiana es un círculo cuadrado o, lo que es peor, una desvirtuación de la realidad sacramental. 3º. Operar como si Dios no tuviera sus propios designios, como si pudiera suplírsele en este punto, o como si la averiguación de sus planes corriera a cargo de nuestras cavilaciones, es puro disparate. No cabe olvidar que la instancia última es la Voluntad de Dios. Es preciso respetar el derecho de todo fiel a recibir la doctrina católica íntegra, y no opiniones u ocurrencias personales. Una fe disgregada es una fe desquiciada, privada de orden, arrancada de su centro, cuyos fragmentos errantes se aplican indiscriminadamente a zonas de lo real que no les corresponden: un espejismo. Es lo que ocurre siempre que alguno sustituye la Revelación misma por su participación vivencial e ideológica en ella. La idea de testimonio debe ser muy matizada para no incurrir en presunción. * * * Volvamos al comienzo de estas notas. No se podía dejar de aludir a los aspectos negativos de la situación y a lo que hay de insuficiente en las posturas de algunos cristianos. He procurado describir todo esto de forma lacónica y sin cargar la mano, porque la miseria humana, tomada en sí misma nunca es lo decisivo. La humanidad, al cuidado de Jesucristo, Buen Pastor, no está llamada a sucumbir. Hablemos ahora de lo positivo, de lo bueno, que no es precisamente escaso, sino abundante, intenso, y en grado tal que supera por entero lo negativo. La grandeza de lo positivo es, sin embargo, lo más difícil de encarar. A este respecto conviene denunciar aquella opinión, tan extendida, para la cual lo trabajoso y lo que de veras importa es hacerse cargo de la penosa deficiencia que nos cerca. Esta opinión, de la que tanto cuesta desprenderse, es, en definitiva, un error. No es el mal lo que nos desborda, sino justamente el bien. Diagnosticar, analizar y aprestar remedios para aquél es mucho más fácil (pero, a su lado, insignificante) que atenerse a las implicaciones de la fecundidad de este último. Sólo porque la aprehensión de la plenitud es algo que nunca terminamos de alcanzar, se explica el ofuscamiento, el decaimiento que reduce nuestra relación con el mal a excitación y gresca, o a un vulgar compromiso. Es preciso liberarse de las preocupaciones abrumadoras y de la sensación de escándalo y desagrado que lleva a dictar con talante solemne los rígidos arreglos a que me refería antes. Necesitamos que alguien nos enseñe a levantar la mirada y a mantenerla con fidelidad esforzadamente alta. Para no traicionar desde el principio el tratamiento que la plenitud cristiana merece, hay que evitar enérgicamente comprometerla con cualquier dualismo de raíz platónica[3]. La dicotomía entre lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro, el espíritu y la materia, concebidos como realidades separadas y sin mezcla, no está a la altura resolutiva de la Cruz. No es posible ya atribuir a lo positivo un estatuto segregacionista. El que se acogiera a este modo de ver quedaría marginado del acontecer efectivo, no se interesaría por él, se limitaría a tolerarlo. Lo estático de la actitud correspondiente no permite otra cosa que ponerse a aguardar un desenlace transmundano. La profundidad de la visión cristiana debe notar en este planteamiento un malentendido, una parcialidad que desconoce y desaprovecha dimensiones capitales de la plenitud[4]. Cualquier aislamiento arbitrado para preservar de contaminación un valor supremo, es una estrechez práctica y teórica para quienes han sondeado la grandeza de la Misericordia Divina: pues la Gracia sobreabundó allí, precisamente allí, donde abundó el pecado.
II Veamos, muy brevemente, la rectificación de la soledad de lo positivo. 1. La redención del hombre es su elevación a la Plenitud de Dios. En esta irrupción, Dios conserva, desde luego, su perfecta prioridad, de manera que, aunque no sea lo mismo el hombre elevado que el simple hombre, la diferencia se debe exclusivamente a la iniciativa de Dios. Por eso decía que el hombre renace. Este nuevo nacer no es propiamente un proceso que se determine en función del hombre como supuesto; no es un segundo nacimiento que forme serie con el primero, o una especie de metamorfosis de la que resulte otra cosa que hombre, sino una novedad referida exclusivamente a Dios y sólo posible porque su prioridad personal es infinitamente más radical que el supuesto humano. Dios puede llegar a la intimidad existencial del hombre renovándola sin extrañarla ni reduplicarla porque es originario, fontal y creador. El adentramiento del hombre en Dios no es una evolución desde un término creado hasta un término divino, sino, valga la palabra, una invasión de Dios. Paralelamente, la existencia elevada no está limitada a su propio orden de perfección, sino enteramente abierta a Dios. El hombre en gracia no se limita a realizar sus actos, a elegir su vida, a obrar rectamente, sino que, cuando se ocupa en vivir, Dios lo está expresando. Dios ha querido misericordiosamente hacer ingresar a la nueva criatura en su Ser. Bien entendido que tal incorporación no es un hacer sitio a un valor ajeno; pero bien entendido también que la revelación de la infinita fecundidad del Origen permite hablar de incorporación[5].
La unión del hombre con Dios se realiza en el Hijo de Dios. El Hijo de Dios no es solamente un término intencional ni la meta de un despliegue operativo humano concretado antes de El. Muy al contrario, el Hijo es vida y camino para el despliegue mismo. Al producirse el desarrollo de la criatura renacida, el Hijo encierra en Sí Mismo, con absoluta prioridad, dicho desarrollo. 2. El Hijo de Dios es el Alfa y la Omega. Sólo atendiendo a la altura inefable del Hijo puede entenderse la elevación del hombre. Pero de hecho el Hijo para el hombre es el Verbo encarnado. De donde se sigue que el renacer humano hay que referirlo a la vida de Cristo. Esta vida es la del Hombre de Dios y como tal lo que San Juan llama la Encarnación del Verbo y San Pablo el anonadamiento del Hijo. El anonadamiento no es un empequeñecimiento del Hijo relativo a Sí Mismo (hipótesis sin sentido) ni una limitación de la Infinitud. La humillación es relativa tan sólo al Padre, ya que en el Hijo sólo cabe la posibilidad de anonadarse si se mantiene su carácter personal de Expresión — de Palabra — del Padre. La Encarnación no es indigna del Verbo: la fe descubre en ella, por decirlo así, un modelo más de Expresión. A la Plenitud Infinita le corresponde la sumisión plena de su Humanidad al Padre, y en ello está la gloria de esa Humanidad. El Padre no acoge con complacencia el homenaje de Cristo por un mero motivo jurídico o moral, sino porque tal homenaje lo Expresa exactamente. El que cree sabe que la glorificación no es separable de la humillación y al revés. Pero no se trata de la mera atribución del premio a unos hechos meritorios, sino del mismo sentido intratrinitario de unos actos que, por ser del Hijo, se sostienen ante el Padre como plenitud de significación: es la tremenda majestad del Señor universal que gobierna y juzga porque ha cumplido la tarea de llevar ante el Padre todo lo creado. Y la ha cumplido según los acontecimientos narrados en los Evangelios, que son también en los sacramentos fuentes de vida. Según esa vida el hombre es salvo y fuera de ella Dios es inasequible. La humillación es esencial a la Encarnación, pues no de otra manera una humanidad puede ser unida a la Expresión Personal que es el Hijo. Por eso la unión a la Segunda Persona dota de sentido a la humillación misma. La naturaleza humana de Cristo está unida a la Persona del Hijo como su humillación. No es una mera asociación, porque la humillación se despliega obediente al respecto mismo que es la Realidad Personal del Hijo. No es que desde el Verbo irradie súbitamente una actividad que se dirija a lo humano y lo trasmute (no sería entonces verdadero hombre; la humanidad sería abrasada por la divinidad o se confundirían ambas naturalezas), sino que la Encarnación debe considerarse antes en el Plano de la Relación Personal Subsistente y sólo después en su función cara a la criatura. Si se olvida, siquiera un momento, que Cristo tiene que ver con el Padre “más” que con la creación (o que tiene que ver con la creación porque antes tiene que ver con el Padre), esto es, si no se mantiene la atención siempre fija en su Persona, se incide en alguna modalidad de esa tosca confusión que se llama pancristismo[6]. Cristo Sacerdote no es ningún intermediario neoplatónico.
La humillación comporta un despojo, un dejar la forma de Dios para tomar forma de esclavo. El despojo es tomar forma humana, de ninguna manera perder la forma divina: por privarse de la naturaleza divina, sino por tomar la humana hay humillación. Tal humillación no es un sentido en sí mismo pretendido por el Hijo, sino un sentido en y del Hijo. Ser hombre y ser Dios son, en Cristo, una compatibilidad perfecta porque la humanidad no suspende en sentido disyuntivo la divinidad, sino que se inserta en la Persona. 3. La Encarnación del Hijo de Dios no deja a un lado la miseria humana. A través del sufrimiento de Cristo, la miseria del hombre entra en contacto con Dios. Es absolutamente imposible admitir en la entera positividad de la vida trinitaria la sombría realidad del pecado y, en consecuencia, jamás el hombre miserable hubiera tenido un eco en lo absoluto. La miseria del hombre es una gran agitación estancada que sólo encuentra camino cuando corre a sumirse en la pasión de Cristo y allí es redimida: es la atracción de la Cruz. Cristo fue crucificado. La muerte del Señor no fue un mero acontecimiento, sino que en su producción intervino la libertad humana como factor desencadenante. Ahora bien, lo que los hombres no quisieron, ni podían siquiera sospechar, es el sentido de la muerte de Cristo. Ellos querían simplemente la desaparición, la destrucción física y moral de Jesús. Pero la voluntad de los hombres no fue capaz en este caso de determinar el resultado, pues éste se consumó en la corriente vital de Cristo y adquirió su significado en ella. Con todo, es importante advertir que no hubo ninguna suerte de escamoteo, pues Dios no arrebató de las manos de los hombres a su Hijo, sino que les fue entregado e hicieron con El lo que quisieron. Si el resultado se les escapó, la razón hay que verla en la completa superioridad de la Actividad Divina. Más que la frustración de los propósitos de los hombres, habría que considerar la orientación Personal del Hijo imponiéndose y estableciendo su propia plenitud. No hay fórmula adecuada para expresar la conexión entre la cruz como propósito humano y la Cruz en la Realidad Divina; esto es, la infinitud superada que, sin dejar al margen la voluntad de los hombres (que llegó hasta el fin y no fue suspendida en ningún momento), alcanzó la Cruz en Cristo. Precisamente porque el sentido de la Cruz no resultó de los actos humanos, Cristo no bajó de la Cruz. Lo que estaba sucediendo se consumaba en la Relación Subsistente. Como a medida que el sufrimiento era inferido se sumía en el brotar de la Palabra Personal, el proceso no podía detenerse. Bajar de la cruz hubiera sido establecer una relación dialéctica con lo humano, o determinarse en lo decisivo por ello. Lo que para los gentiles es locura y escándalo para los judíos es, en verdad, la Fuerza de Dios. A través de la mayor debilidad se abalanzó el Poder Divino, que a nadie deja consumirse en la impotencia. En la Cruz, la miseria humana alcanza a Dios. Ahora la miseria rompe su carácter de limitación crispada y se abre a la esperanza. Cristo ha desatado toda cadena, no precisamente desterrando el mal del mundo, sino superándolo infinitamente. Llegados a este punto, el dualismo queda atrás, y no precisamente para dejar sitio a la confusión. Ya he indicado antes dónde está la confusión: es el llamado pancristismo. Pero en Cristología todo error lo es por defecto, nunca por exceso. Disipar la confusión es encontrar una nueva claridad en la Revelación Viviente, en Dios Unigénito hecho hombre. 4. La criatura es en la Palabra, en la Expresión Subsistente, y por Ella[7]. Para el Padre — es decir, en absoluto — sólo cuenta el Hijo. Por lo tanto, para el Padre la criatura no existe sino en la medida, infinitamente primordial, en que el Hijo es engendrado. Ahora bien, no existir para el Padre es no existir sin más. Sin la prioridad radical del Hijo todo queda en suspenso.
La criatura es manifestación. La manifestación ha de ser considerada, ante todo, desde el Hijo, pues sólo así el Padre la mira y fuera de ese Mirar nada es real porque nada es admitido. El imperio creador se cumple en el Amor del Padre y del Hijo. Por eso, el mundo, criatura, es bueno. La Revelación es la mostración del Padre. Ese mostrar entraña, para quien lo recibe, ser, él, mostrado al Padre. ¿Qué valor podría tener un conocerle que no fuera conocido, un conocimiento nuestro que no fuera el Suyo? El Verbo Encarnado no es un mero objeto sobre el que teorizar, sino la Palabra Subsistente que, al sernos dada, nos lleva, de acuerdo con su propio Respecto Personal, al Padre. Somos hijos de Dios porque El es el Hijo y se ha constituido en mostración para nosotros — y de nosotros —. Al sernos dado Cristo, el Padre nos acoge[8]. La mostración del Padre es nuestro estar presentes ante el Padre.
Se ve la cortedad del pancristismo. Que Cristo esté en nosotros significa que nosotros contamos para el Padre. La venida de Cristo nos adentra en Dios, es nuestro renacer. * * * Sería ahora incongruente el decaimiento, el volver a las andadas, como si la Revelación fuese un hecho pasado, transitorio, que pervive tan sólo en el recuerdo o en la consideración piadosa que se fragua con el sentimiento religioso. No hemos sido abandonados una vez rescatados. Lo que sucedió permanece, prosigue sin debilitarse en modo alguno: Iesus Christus heri, et hodie, ipse et in sacula! (Hebr. XIII, 8). Al ser cristiano toca responder con fidelidad a la creciente virtualidad que de esta permanencia deriva. 1. Ya señalé que la Cruz no es una oposición dialéctica, o una simple solución positiva del problema del mal. La obra redentora de Cristo no se puede reducir a la idea de una compensación exacta del pecado. Incluso habría que decir, para no truncar la línea de pensamiento a que hay que acceder ahora, que la clásica discusión acerca de si el Verbo se hubiera o no Encarnado de no ocurrir el pecado, desvía la atención cristiana de su centro. Todo recorte del alcance de la Cruz impide advertir la profundidad del Perdón Divino y de la gratitud con que se ha de corresponder a él. El Perdón no acontece fuera de nosotros, sino que en nosotros prevalece: puesto que vivimos del Perdón, hemos de perdonar. El valor santificador del perdón no es extrínseco porque al sernos otorgado sigue abierto: el pecado se borra, el perdón no[9]. Dolerse del pecado es inseparable del maravillarse por el perdón, y se convierte en el estallar del amor, de la fe y de la esperanza.
Lo más inaudito, lo incalculable, no es la culpa sino su perdón. El hombre perdonado no es un ser eximido, sino alguien que queda a disposición de Dios y ha de dedicarse a la tarea asignada, a las obras buenas que Dios ha preparado para que en ellas andemos. El perdón fija al hombre en Jesucristo. El cristiano no debe estar agarrotado por la culpabilidad, con el alma llena de presentimientos desesperados. La faz — tremenda — del pecado no se impone hasta el punto de invadir todo lo que sucede, ni obliga a concentrar frente a ella la conducta entera. No conviene tampoco desanimarse por la falta de brillo de algunos aspectos del ámbito eclesiástico. En suma, hay que huir como de la peste de la tristeza que, según los temperamentos, se traduce en muerte de las ilusiones y queja, en caricatura inquisitorial, en poquedad y legalismo, en resentimiento e íntima inadaptación. Sucumbir al mal es olvidarse del Señor; dejar que tiña por completo la visión del mundo es una ilegítima abdicación de lo sobrenatural. 2. La base del vivir renovado es la alegría. La alegría cristiana no es ilusa ni artificial. No consiste en un estado de ánimo eufórico o placentero que se alimente de un cierto tipo de cosas o sucesos, pues entonces sólo cabría conservarla ante lo negativo negando su evidencia. La alegría cristiana no es un estado de ánimo, sino un estado del ser, porque se funda en la grandiosa misericordia de Dios, siempre a la espera, siempre presta. Dios nos amó con amor eterno. Por eso, al ser alzado encima de la tierra, con misericordia nos atrajo a su Corazón. Nada de lo que sobreviene es suficiente para borrar la alegría[10].
3. En el tiempo histórico inaugurado por la Encarnación tiene lugar la renovación de la obra de nuestra Redención: es la Eucaristía, el acto más sagrado y trascendente que cabe realizar en la tierra. Con ella nos convertimos en Iglesia[11].
En la Eucaristía se encuentran otra vez la voluntad humana y la Iniciativa Salvadora. Pero ahora de muy distinta manera. Cristo viene de nuevo — a través de los elementos de la naturaleza cultivados por el hombre — para asistirnos en nuestra necesidad. Las palabras que pronuncia el sacerdote no son una invocación perdida en el vacío o una intención abandonada a su propio valor religioso, sino que a ellas responde el Señor con entera realidad. El Misterio de la presencia Real es inseparable del Misterio de la Unidad de la Iglesia, pues la Iglesia es una por su unión con Cristo. Atenuar la realidad de la Eucaristía conduce a la disgregación o al docetismo eclesiológico. La Iglesia no es autocéfala porque su Cabeza es Jesucristo. Tan absurdo es pensar una Eucaristía sin Iglesia como una Iglesia sin Eucaristía, pues la Iglesia es real como lo es la Eucaristía, y al revés. Si la Iglesia no dispusiera de Cristo para ofrecerlo al Padre ¿qué valor tendría su propio ofrecimiento? Es vana la pretensión de aquellos que se afanan en edificar la Iglesia sin tomar como centro la Misa. 4. La Iglesia no es una potencia mundana. La Iglesia está incorporada a la actividad donal trinitaria porque se le ha concedido el poder de ofrecer a Cristo. En esta grandiosa inserción (que desborda cualquier proyecto soteriológico meramente humano) se concentra de nuevo el vigor de la Misericordia de Dios. A partir de aquí, la Iglesia viene a ser “el sacramento universal de la salvación” (Const. Lumen Gentium, n. 48) y es enviada a las gentes. La Iglesia no es un refugio frente al mundo ni un procedimiento para escaparse de él. Pero tampoco es un factor más entre los que mueven la historia. Sin la Iglesia la historia se malbarata, se va al traste. Pero, por lo mismo, entender la función eclesiástica como un arreglo o una recomposición de lo que de suyo se desajusta, es rebajar la misión de la Iglesia al nivel de la chapuza. El triunfalismo (otro “ismo”) es una bobada. En lugar de todo esto, es preciso buscar en los acontecimientos la huella, nunca inerte, de la Cruz. Todo lo que sucede en el mundo, también lo penoso, es reclamado por su Clave. Sobre la extrema indigencia y las situaciones más calamitosas se cierne el favor divino. Para Aquel que tomó sobre sí el mayor desastre, ninguna situación es indescifrable. Quien suspendido de un madero nos atrajo a su Corazón, quiere hoy ser colocado en la cima de todas las cosas humanas[12]. Ciertamente, al final el Señor vendrá para llevarnos definitivamente consigo. Entonces aparecerá el Signo del Hijo del hombre en el cielo (Mat. XXIV, 30). Mientras tanto, no es posible que el mal se agudice sin que la Cruz se aproxime y exija que pongamos por obra su valor[13]. De poco serviría correr tras la actualidad si no nos percatamos de que Dios pide ser establecido en ella[14]. Si nos rezagamos respecto del deseo del Señor, ponerse al día es, de antemano, un fracaso, un hueco empeño.
5. El que procura humildemente descubrir y obedecer los designios de Dios crece a través de la lucha y, lejos de responder al mundo con una porción escasa de su ser, va entrando en escena con la sencillez intensa de la alegría. La esperanza de encontrar al Señor en el curso de la vida está dotada de una seguridad inquebrantable que reside en la asistencia del Espíritu. Esta esperanza no es consecutiva a los actos del cristiano, sino que estructura su proyección en el mundo en unidad con su valor trascendente. La esperanza constituye el vivir en nuclear apelación a Cristo. Caminar en la tierra es, a la vez, ocuparse de las cosas ordinarias y encontrar su valor, que preside Cristo. Pero al darse cuenta de esta ingente redundancia de la Plenitud (ya dije que en Cristología nunca se yerra por exceso, pues los tesoros de Dios son inagotables) hay que evitar, con particular cuidado, estropearla, esto es, concebirla como una incursión en terreno ajeno. El cristiano corriente no es un entrometido, porque ya estaba en el mundo. Al actuar en el mundo y desde el mundo, no necesita respaldo oficial, ni le es lícito atribuirse ninguna clase de infalibilidad. El “aggiornamento”, que se define en términos de madurez humana y sobrenatural, significa para él preparación profesional, conocer las cosas profanas desde dentro, saberlas hacer, y no echarlas a perder con píos cortacircuitos. No se trata primariamente de cambiar, sino de no dejarse desgastar por el paso del tiempo, de ir adensando el itinerario con la riqueza de Cristo, y de rectificar cuando uno se equivoca, con conciencia clara de que cuesta mantener la rectitud de intención[15].
La fidelidad afronta positivamente el presente, pero también el futuro como dimensión del ser humano. Por eso prolonga la perspectiva del “aggiornamento” y, así, le proporciona la inexcusable firmeza, sin la cual se reduce a superficial prurito de cambio. Como se notará, ateniéndonos a las implicaciones de la fidelidad, está sobradamente justificado rechazar la conveniencia e incluso la posibilidad de catalogaciones o simplificaciones tales como las que encierran los nombres de integrismo y de progresismo (más “ismos” todavía) (Cfr. Ibid. § 20). De esta manera, el laico no hace nada extraordinario, sino lo que le compete, sin efugios ni énfasis. Al tratar de cumplir con fidelidad su deber, recaba para sí — y para los demás — la responsabilidad de decidir. Tales decisiones se refieren a la esfera de actuación que le corresponde y sería poco sensato extrapolarlas, con ingerencias o algarabías, al plano de la Autoridad y del Magisterio de la Iglesia. |