POLO, Leonardo. Ayudar a crecer. Cuestiones de filosofía de la educación. Pamplona: EUNSA, 2006. pp. 87-112

Capítulo II

LA FUNCIÓN EDUCATIVA DE LA FAMILIA

1.  La educación en el ámbito familiar

La educación es el tercer aspecto del fin primario del matrimonio, que es la procreación. Otro de los fines del matrimonio es el amor entre los esposos. Sin embargo, en cuanto fin es más importante el hijo que el amor, por eso el matrimonio está ordenado primariamente a la procreación. Pero no sólo a la procreación, ya que eso es común a los animales, sino a la procreación-educación. La procreación es común a los animales, y la crianza a algunos animales, por ejemplo los pájaros, los cuales crían a sus hijos alimentándolos y cuidando de ellos para ayudarles a adquirir esa madurez que les permita independizarse y comportarse solos.

Donde culmina esa relación de los padres con los hijos es en la educación. Los padres los generan, los crían y los educan. Podríamos preguntarnos entonces: , por que es primario esto en el hombre? Por una razón muy simple, porque aunque sea importante el amor entre los esposos — convendría insistir en la relevancia de este punto —, este no es el más alto valor del matrimonio; lo más importante del matrimonio es dar lugar a una persona, porque lo más nuclear en el hombre es ser persona[1]. El fruto del matrimonio es una persona nueva, y la persona nueva es justamente el hijo. Precisamente por eso, los padres se subordinan al hijo, puesto que están finalizados por el hijo en cuanto persona, y no sólo finalizados por la procreación de la especie — ésta es una visión naturalista del hombre[2] —.

  1. Cfr. antropología trascendental, I. La persona humana ed. cit.
  2. La tesis de que el hombre no se subordina a la especie humana, porque cada persona es además de lo específico, es decir, que salta por encima de lo común de la especie humana, está desarrollada en mi libro Ética: hacia una versión moderna de temas clásicos, ed. cit.

El hombre puede ser padre sólo con la colaboración de Dios. Participando con Dios es como surge la persona. los padres no son los que dan lugar al alma del hijo; ellos no la generan. El alma, la dimensión espiritual del hombre, es creada por Dios. Los padres ponen su concurso que se refiere sobre todo a la parte somática, a la dimensión corpórea del hombre. Pero el hombre no sólo es materia, sino la unión del alma con el cuerpo, y el alma viene de Dios; se infunde por creación divina. Los padres no pueden ser padres sin colaboración divina, la cual es primaria debido a que el alma es más importante que el cuerpo.

Bien; entonces parece que una idea en la que conviene estar de acuerdo desde el principio queda expuesta desde un enfoque filosófico. El mismo hecho de que el hombre sea más propiamente hijo que padre explica que los padres estén al servicio de los hijos o, lo que es lo mismo, que el fin primario del matrimonio sea la procreación, la crianza y la educación.

Detenerse en este punto equivale a sacarle mochas consecuencias, porque esto es importante, básico y, por lo tanto, sus consecuencias son también abundantes. En rigor, también se puede decir que el padre y la madre se encuentran en el hijo, porque el hijo es de los dos. Evidentemente hay que contar con la intervención divina que es la primaria, pero el hijo lo es también de los dos padres. El hijo procede tanto de la madre como del padre, de la constitución de la primera célula completa, es decir, de la unión del espermatozoide con el óvulo. La dotación genética es mitad y mitad: una parte la aporta la mujer y la otra el varón. De manera que el matrimonio tiene como fin al hijo, porque en él culmina, por así decirlo, el sentido unitivo del amor de los padres.

Esa comunidad, esa participación de los dos en la constitución de la dotación genética y, por tanto, del crecimiento de la bio-génesis, de la generación del hombre, expresa el carácter unitivo que existe entre el amor de los padres y el amor a los hijos. El amor de los esposos entre si y el amor de los esposos al hijo no son muy separables, porque los padres reconocen su mutuo y propio amor en el hijo; el hijo es obra común. El hijo es tanto del padre como de la madre; lo es unitariamente. En él los esposos se unen, por eso los teólogos dicen que el hijo es el fruto del amor.

En cierto modo, aludiendo de nuevo a la teología de la fe, el carácter unitivo del amor de los esposos, el querer como fruto al hijo, hace que el hijo se parezca al Espíritu Santo. En efecto, tomar la familia por analogía con la Santísima Trinidad nos puede dar una ilustración sobre el asunto. Desde el punto de vista de la familia humana, el hijo se asimila al Espíritu Santo. En Dios, el Espíritu Santo por ser la tercera persona, es el don, el fruto de la donación del Padre y de la aceptación del Hijo. Es dado por las dos primeras personas. En el ser humano, el hijo es la tercera persona como fruto del amor de los esposos, de manera que alguno de los esposos debe de tener también un cierto carácter de hijo[3].

  1. En cualquier caso, el hijo es fruto. Por lo tanto, tiene carácter unitivo. Posee un carácter unitivo final, o un carácter unitivo culminar.

Una pregunta que se podría plantear es esta: dado que el hijo es fruto de la unión de los padres, puede desunir a los padres? Es evidente que si el hijo desuniera a los padres, esa concepción del hijo como obra común de los dos, donde se concentra el amor teleológicamente, el amor mutuo, quedaría frustrada.

¿Cuándo puede tener lugar una especie de disminución del amor entre los esposos como consecuencia de la paternidad? Naturalmente esto habría que preguntarle a quienes tengan hijos. Pero lo que es claro es que en algunos casos esta situación se da, en principio, cuando los padres muestran un excesivo amor a su hijo dejando de lado al cónyuge. Cuando un padre tiene predilección por su hijo y se olvida de su mujer; o al revés, cuando la mujer se olvida de su esposo a favor de su hijo; en estos casos el hijo está desuniendo y disminuyendo el amor entre ambos, lo cual es contradictorio puesto que si decimos que el hijo es el fruto culminante mediante el cual los esposos ratifican su mutuo y propio amor, parece absurdo que el hijo pueda separar o disminuir el amor entre sus padres.

Además, si la desunión entre los padres se produjera, la función educativa no podría llevarse a cabo. Pues esta se canaliza mejor cuando el amor de los padres crece al concentrarse en el hijo, cuando es amor mutuo y no solamente amor al hijo. Esto, que puede parecer una disquisición un poco teórica, tiene, sin embargo, un gran sentido práctico. Por ejemplo, a veces hay mujeres que sólo parecen contar con su condición de madres, olvidando la de ser esposas, son “tan madres” que no piensan más que en su hijo, y al marido lo consideran como un puro proveedor de la relación, concretamente, en cuanto a la alimentación. Naturalmente, esa mujer como esposa se ha equivocado.

Si al hombre le pasa lo mismo o algo parecido y considera a su mujer como un puro medio para tener un hijo, y toda su atención la concentra en el hijo; es decir, que le gusta mucho más jugar con el niño, enseñarle, andar con él, etc., y a su mujer la deja de lado, abandonada en casa, para que simplemente prepare los alimentos y le dé de comer, si la mujer queda transformada y relegada a esa situación, entonces, ese padre está actuando mal, y correlativamente, no puede educar bien al hijo. La educación del hijo es familiar, ante todo corresponde a los padres. Pero muchas veces, cuando hay varios hijos, también éstos se educan entre sí.

Hay que considerar, pues, que el fin del matrimonio es la generación, la crianza y la educación de los hijos, como proyecto común de los esposos. Como nos interesa la educación, habría que preguntarse: ¿cuál es el requisito básico de una buena educación?, ¿Cuando se educa mejor? Según lo dicho, cuando el amor al hijo es una prolongación del amor entre los esposos. En cambio, es peor cuando el amor al hijo desune o deja en segundo lugar el amor entre los esposos, por lo tanto, hay una estricta unidad entre los dos fines: entre el fin primario, que son los hijos, y ese otro fin que es el amor mutuo. El fin primario son los hijos y esto incluye educarlos. Una dimensión importante sin la cual la generación humana no seria tal es educar. De ahí que la educación es un deber y un derecho de los padres.

¿Qué significa la educación en la familia? En principio, este tema debe ser expuesto de una manera neta por los filósofos. Ellos lo suelen abordar acudiendo a nociones fundamentales. Y eso es justamente lo que les corresponde, lo que justifica a la Filosofía. Pues bien, se puede mantener filosóficamente que el fin primario de la unión de los esposos son los hijos, precisamente porque el hombre ante todo es hijo, y también porque el amor de los esposos culmina en el amor de una nueva persona. Evidentemente, lo más importante es la nueva persona, porque esa persona es el novum, es decir, es un nuevo ser; el fruto del amor entre los esposos. Por eso es conveniente que los esposos se lleven bien, que haya unidad. Pero es mucho más radical una persona nueva. Es mucho más primario e importante que sea engendrada, que nazca y que se desarrolle una persona nueva.

A la vez, por amor al hijo hay que educarlo, hay que corregirle. De lo contrario, ni se le criaría ni se le educaría. Pero el amor al hijo nunca puede ir en contra del amor de los esposos. El amor entre éstos tiene que encontrarse en el hijo puesto que es su obra común. De aquí se concluye una cosa muy clara (aunque sea una observación acerca de un asunto bastante lamentable que no se puede eludir porque con alguna frecuencia se da), a saber, que si un varón es padre de varios hijos en distintas mujeres, va en contra de la dignidad humana porque eso descoyunta la relación entre al amor de los esposos y el amor al hijo.

El polígamo, aquel padre de hijos en distintas mujeres, tendría una relación de unión respecto a sus hijos en cada caso distinta, lo cual es inevitable. La poligamia da lugar a un déficit o a una dificultad educativa, puesto que no permite establecer estrictamente relaciones fraternales. De ahí que la relación matrimonial debe ser una con uno. Esa es una gran justificación del matrimonio monógamo[4]. La Iglesia tiene razón, por tanto, cuando sostiene la indisolubilidad matrimonial.

  1. Otra gran justificación de la indisolubilidad matrimonial consiste en la esperanza. En efecto, si cada persona es dar, y correlativamente aceptar (radicales personales), mientras se vive siempre hay motivo para esperar, pese a la separación y el rechazo, el volver a ser aceptado por la otra persona. Esta tesis la sostengo en mi libro antropología trascendental I, ed. cit.

Muchas veces los problemas de población que se plantean en algunos países están mal encaminados. La política que debería asumir el Estado, si cumpliera bien sus funciones, es tratar de reprimir la poligamia o tratar de reducir el número de hijos (lanudos ilegítimos o habidos fuera del matrimonio. Según trago entendido, en algún país, por lo menos la mitad de los niños son ilegítimos. Se ve enseguida que esos niños constituyen un problema educacional irresuelto. Debido a la carencia de solución a algunos se les ocurre como salida la planificación familiar, proponiendo para ello procedimientos inmorales. Evidentemente eso está descoyuntado; todo eso es meterse en un callejón sin salida, en un atolladero. Es un planteamiento equívoco por no ir al fondo de la cuestión. La clave del asunto es la educación.

¿Existen demasiados niños en algunos países de Latinoamérica? La respuesta es negativa. Lo que existe son demasiados niños mal educados. ¿Cuáles son los niños menos educados? Los que proceden de una relación extramatrimonial. Efectivamente es un gran problema, pero eso no justifica una política anticonceptiva, sino que lleva consigo una gran responsabilidad por parte de todos los miembros de la sociedad para rechazar ese tipo de conductas sexuales.

Ningún varón tiene derecho a tener hijos fuera del matrimonio, y la mujer tampoco tiene derecho a realizar lo mismo. No están permitidas ni la bigamia ni la poligamia porque son directamente antipedagógicas, hacen imposible la educación. Insisto, la educación sale siempre mal si no está unida al amor entre los esposos, y este amor es de uno con una. Así es como el hombre se parece a Dios. Si no fuera así Dios podría tener, en lugar de tres personas, diecisiete. Pero no es así. Dios es trino; Dios, en su trinidad de personas, es el gran modelo de lo paterno y de lo filial en el hombre.

San Pablo expone que el matrimonio bien entendido, en función de la relación de Cristo con la Iglesia, es un gran sacramento[5]. La poligamia, la desunión de los padres estropea a los hijos. Es un problema muy grande e implica siempre mucha atención. En relación con este tema está el divorcio. El divorcio da lugar a la sucesiva poligamia, y la educación, por tanto, es difícil. Si fuera sólida la vinculación amorosa no habría divorcio y la educación mejoraría. En cambio, si no es sólida la relación entre los padres, entre el varón y la mujer, la educación no sale bien y, naturalmente, el niño lo siente, lo nota.

  1. Cfr. Ef., V, 32.

El hijo de una poligamia no sucesiva — de señores que tienen hijos con cualquiera — funciona de una manera inmadura a causa de un déficit en la educación. Su conducta es inmadura; se dedica a sobrevivir como puede, cayendo a veces hasta en la delincuencia, y todo eso por no estar bien educados. Son, por lo general, niños abandonados.

En el caso del divorcio, el niño experimenta el déficit educativo — consecuencia de la desaparición del vínculo del amor entre los esposos — de una manera distinta, a saber, en forma de tristeza. Como el niño quiere a su padre y a su madre, la desunión de ambos, la desaparición del amor entre sus padres le duele mucho, hasta el punto de producirle “traumas”, como lo suelen llamar los psiquiatras. Es frecuente, en una mayor o menor dosis — no hay que exagerar, porque no se da siempre —, que los hijos de los divorciados estén traumatizados; eso es una especie de contradicción que clama al cielo.

2.  La educación de la afectividad

Si hay solidaridad entre el amor mutuo y el amor al hijo, y la educación está en la línea del amor al hijo, siendo esta línea inseparable de la otra, es decir, del amor de los esposos, entonces, la educación en la familia es fundamentalmente una educación en la normalidad afectiva. A los padres les corresponde educativamente, ante todo, normalizar los afectos de sus hijos. La normalización de los afectos de un ser humano es básica, de tal manera que si falla, tenemos una falta de fundamento para edificar una educación superior, o sea, una educación del intelecto y de la voluntad.

Lo primero que se debe educar son los afectos, los sentimientos. Los afectos se educan sobre todo en la niñez, hasta los diez u once anos. En la adolescencia se suelen producir crisis afectivas, y son los padres quienes tienen que colaborar para que sus hijos las resuelvan. En el ser humano, repito, el equilibrio afectivo es un requisito indispensable para que se despliegue su espíritu, para que se desplieguen las grandes facultades espirituales: la inteligencia y la voluntad.

Si en una persona la afectividad anda mal, si lo sentimental y emocional están estropeados, entonces se producen dificultades en el crecimiento de su aprendizaje y en otras dimensiones de la educación. Los pedagogos a veces sostienen que primero hay que educar los hábitos, crear o suscitar hábitos. Bueno, ésta es tarea de maestros; efectivamente, se deben educar los hábitos, es decir, promover hábitos buenos o virtudes en el hombre, aunque sea verdad que eso viene después, a partir de la normalidad sentimental.

La creación de hábitos es uno de los objetivos pedagógicos de los maestros o de los profesores de universidad. Antes de la creación de hábitos, lo que se debe educar son los sentimientos. Que el niño posea una normalidad sentimental es una tarea que los padres no pueden cumplir si ellos mismos no la tienen, si incurren en la poligamia por divorcio, o en la poligamia no sucesiva. La inestabilidad de los padres afecta a los hijos. Es por eso que los padres no deben mantener la vida familiar de una manera estropeada.

Aquel “¡No riñáis delante de vuestros hijos!” que recomendaba san Josemaría Escrivá de Balaguer, es un consejo saludable. Se supone que si los padres se quieren no se divorcian, porque el divorcio es la riña por excelencia, es dejarse el uno al otro, es olvidarse, separarse. “No riñáis delante de vuestros hijos”. Pero también, “no os hagáis muchos arrumacos delante de ellos”, porque las manifestaciones del amor son íntimas. Sin embargo, de una manera prudente se debe hacer notar que el marido y la mujer se quieren, pues eso es imprescindible para la educación en la familia. Además, ayuda a que los esposos se eduquen entre sí. Un padre o una madre mal educados no pueden ser buenos educadores. Por lo tanto, hay que procurar también que la educación de los padres aumente mediante el cuidado de la vinculación matrimonial, mejorando la convivencia.

Expongamos algunas observaciones que de alguna manera desarrollen lo que ya se ha establecido. Los esposos se pueden educar entre sí y educarse para educar. Por ejemplo, si el padre propone una medida respecto a los hijos y la mujer no la secunda, sino que más bien la contraria — puede ser que no lo haga en el acto, pero sí después —, se educa mal al hijo. Si al padre se le ocurre, por ejemplo, mandar al hijo a la cama sin cenar, y la madre le lleva la cena a su habitación, allí obviamente hay un defecto en capacidad educativa, consecuencia de haberse desunido el amor de la madre al esposo por causa del amor de la madre al hijo.

Es claro que en este caso pesa más el amor al hijo, porque si hubiese pesado más el amor al esposo, la mujer hubiese secundado su determinación, y no le llevaría la comida a la cama al hijo. Lo que la madre puede tratar de hacer es discutir a solas con su marido lo que ella opina acerca del castigo impuesto por parte de este. Puede sugerirle que no ha tomado una medida educativa justa o correcta; pero lo que ella no debe hacer es tomar esa iniciativa astuta de sacarle la vuelta a la norma paterna. Eso lo suelen hacer los abuelos, quienes son cooperadores laterales en la educación.

Ese tipo de actitudes desmoraliza afectivamente al niño. En efecto, no puede tener equilibrio emocional el hijo que cree ser más amado por su madre que por su padre, o aquella persona que cree que el amor radica o consiste en darle o no de comer y que no se le quiere porque se le ha castigado. Una persona así tratada se cría con rencor al padre. “Mi padre es un señor que no me quiere porque me ha dejado sin cenar, y mi madre sí me quiere porque me ha llevado la cena” — pensará. En este caso cuál será la actitud del hijo hacia el padre? De inseguridad, de falta de confianza, lo cual dificulta la labor educativa del padre porque estará sujeto a algunas reservas. No hace falta — digámoslo así — demasiada teoría para darse cuenta de esto. Además, esto es lo que un filósofo puede realizar al respecto, es decir, dar algunos criterios de actuación, para que luego cada quien por su cuenta, si libremente los desea seguir, los incorpore de modo concreto. Porque esto último, el señalar lo que se debe hacer en cada caso, no le corresponde al filósofo. Sin embargo, si tiene que esbozar cuáles son los principies de la educación.

Por otra parte, las consecuencias que tiene el hecho de no seguir las recomendaciones filosóficas al respecto serán mayores o menores. Se deben seguir siempre que no se atente contra la dignidad de las personas, porque de lo contrario los efectos serán dañinos, se deberán corregir y tratar de remediar los efectos perversos devenidos de una falta de coordinación entre las medidas educativas del padre y las de la madre. Si la mujer actúa a espaldas de su marido lo está engañando, está funcionando de una manera indigna de su carácter de esposa. El motivo del engaño es justamente su cariño al hijo; pero esta actitud — siguiendo el ejemplo precedente — de llevarle la comida al hijo después de que su esposo lo ha castigado no es digno de una esposa.

Tal vez el padre no se dé cuenta en primera instancia de lo que ha pasado, pues cree que el hijo ha sido castigado. No obstante, si es una persona observadora se dará cuenta al día siguiente, al notar el cambio de actitud del hijo, de que a éste le ha pasado algo raro. Entonces no tendrá más remedio que tomar alguna medida; coger al niño y explicarle que lo ha castigado por tal motivo y por su bien. El hijo tendrá que intentar entrar en razón. Dicha comunicación, naturalmente, es un deber del padre, ya que tiene que evitar que el hijo le considere injusto o desconsiderado, porque cree que quien le quiere de verdad es su madre. El marido no tendrá más remedio que hablar a solas con el hijo, no hay necesidad de que este presente la esposa, pero si está presente, mejor, pues así ella entenderá que su actuación tampoco ha sido correcta. Podrá preguntarle si ha contravenido su orden y hacerle ver que eso no está bien. La mujer saltará, responderá muchas veces con buenas razones, pero el marido deberá hacerle notar que le ha dejado a él en mal lugar, y si la mujer quiere a su esposo, esa llamada de atención le dolerá y rectificará.

Naturalmente, con esto no se mantiene, de ninguna manera, que la educación afectiva del hijo, la cual es posible solamente por esa comunión de los dos amores, de los padres al hijo y del marido a la mujer, sea una cosa dulzona[6]. Los afectos humanos no son todos ellos — digámoslo así — puramente sensuales o sensitivos, de acuerdo con esa distinción que hacen los clásicos entre apetito concupiscible e irascible. Hay afectos más profundos. Hay que educar las pasiones, los afectos o sentimientos, como se suelen llamar en una terminología más moderna. Pero a partir de ahí, al niño hay que criarlo desde el punto de vista de las virtudes. Conviene empezar por la templanza y por la fortaleza antes de educarle en la prudencia y en la justicia, lo cual es recomendable relegarlo para un poco después[7].

La educación del niño en las virtudes es indirecta porque en primer lugar se trata de que tenga normalizados los sentimientos. Si se logra la armonía de los sentimientos, luego, cuando la voluntad actúe sobre ellos, se obtendrán las virtudes correspondientes. La educación de los afectos o sentimientos tiene, por tanto, el sentido de preparar para la educación de las virtudes. Cuando las pasiones humanas están desorganizadas es sumamente difícil que se adquiera — cuando sea mayor edad — la virtud de la fortaleza o la virtud de la templanza de una manera más estable.

  1. La inconveniencia de centrarse en exceso en lo sentimental descuidando por ello, o dejando al margen, otros aspectos superiores de lo humano como es la teoría o la virtud están descritas en mi obra Curso de teoría del Conocimiento, vol. I, Pamplona, EUNSA, 1984. La 2.a ed. es de 1997.
  2. Expongo la sucesiva activación de la voluntad que conllevan estas virtudes en La voluntad y sus actos (II), Cuadernos de Anuario Filosófico, Serie Universitaria, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, nº 60, 1998.

3.  El diálogo en la educación

Otro de los aspectos de la relación esponsal que se pueden destacar son, por ejemplo, las riñas. Éstas son defectos del diálogo, déficit de racionalidad. No es lo mismo no estar de acuerdo que reñir. Hay que acercar posiciones. Conviene dialogar porque las riñas proceden de un problema de incompatibilidad de caracteres, de una manera distinta de ver las cosas, lo cual provoca disputas o desacuerdos. Las riñas solamente se pueden vencer si cada uno de los esposos hace un pequeño examen de cuáles son las razones por las que actúa de una determinada manera, de modo que merced a ello intente dominar su carácter. A una persona mayor hay que pedirle que haga su propio examen.

Otras veces las desavenencias son también consecuencia de la misma convivencia, de faltas de una buena educación, en el sentido de la cortesía. Conviene tener en cuenta las buenas maneras por parte del marido y por parte de la mujer. A veces, el marido es un poco brutal y muchas veces la mujer es un poco susceptible. Si la mujer es terca impacienta al marido, y ocurre entonces que la reacción de éste es mandarle a callar o marcharse. Evidentemente, esta actitud no da buen resultado ante los hijos. Eso es malo porque les va a dejar huella. Pero no se debe tener esta actitud ni delante de los hijos ni detrás de ellos.

Por otra parte, es muy propio de la condición femenina la necesidad de admirar. Si la esposa tiene cariño al esposo, desea que éste triunfe. Por eso, en cuanto su marido deja de ser admirable, o no lo ve como tal empieza a atosigarlo. En esa circunstancia le dite, por ejemplo: “¿por qué no has hecho esto?, ¿por qué te tratan mal en la oficina?, ¿por qué no te dedicas a otra cosa?, ¡eres un pusilánime!”. En algunas ocasiones he asistido a este tipo de situaciones. Tal vez convenga aconsejar lo siguiente: “un momento, estás pasando por una crisis, ¿no te das cuenta de que estás considerando a tu marido como un fracasado?; lo habías colocado en un pedestal como un superhombre y ahora en cuanto lo ves un poco débil, se te desploma”. Bueno, son situaciones que hay que saberlas llevar, sobre todo cuando el marido se queda desempleado, sin trabajo[8].

  1. Piénsese que en 1995 — año de exposición de estos comentarios — en España, por ejemplo, era muy frecuente el desempleo. El índice de trabajadores parados era el 20% de la población activa. Claro, que las más paradas fueron las mujeres; su porcentaje era mayor que el de los hombres. En este país, además, se tardaba mucho en conseguir el primer empleo.

Esta serie de observaciones prácticas sobre actitudes que pueden adoptarse es oportuno pensarlas con detenimiento. Algunas de estas cuestiones son un poco complicadas y, por lo tanto, hay que tener un fuerte sentido realista para resolverlas. No se puede negar la realidad. Por eso, todo hombre y mujer deben tener un cierto sentido empresarial — por decirlo de alguna manera — para gestionar las cosas tal como vayan sucediendo.

En resumen, hay que concluir que la mejor educación familiar es la educación conjunta. Como educadores ni el padre ni la madre son suficientes por separado. Sus funciones educativas no son exactamente las mismas. Una mujer no educa lo mismo a un hijo que un hombre y, por lo tanto, tienen que complementarse; tienen que colaborar mutuamente. Además, hay que tener en cuenta que lo mencionado se refiere a la educación en familia, es decir, aquella educación que se da sobre todo en los primeros años de vida, cuando el niño vive con la familia. La educación en el colegio tiene otras funciones; se refiere a otras cosas. Pero la educación primera siempre corresponde a los padres. La primera conclusión, o el resultado global de todo lo expuesto, por tanto, es que la educación es obra de los dos esposos y, en consecuencia, los dos se tienen que poner de acuerdo; es decir, no puede haber una discrepancia radical o desunión entre ambos, y querer educar cada uno por su lado. Esta tesis también está suficientemente ratificada por la experiencia.

Hay asimismo una situación a la que no se ha aludido, pero que también se da, y no precisamente porque se haya producido divorcio. Es aquélla en la que los hijos quedan a cargo, casi exclusivamente, de la madre, debido a que el padre se desentiende. De esta omisión se sigue una mala educación, o mejor dicho, una educación deficiente. Existe un grupo humano donde este hecho se da con frecuencia y son las personas de color que viven en Norteamérica. Se han realizado estudios acerca del fracaso en la escuela de los hijos de este grupo humano, que no son tan competitivos como los blancos. Algunos psicólogos han señalado que eso se debe a que los blancos tienen más alto coeficiente intelectual. Descartado el prejuicio racial, la base de esos estudios es ir a tests sobre la capacidad cognoscitiva de los blancos, de los negros y de la población hispanoamericana, sobre todo de origen mexicano, instalada en California, y se ha llegado a algunas conclusiones que se pueden reservar para ver la influencia que tiene la coyuntura familiar en el desarrollo de los hijos.

Cuando se trata de mexicanos, el déficit en los niños es fundamentalmente la falta de memoria. Parece que no tienen bien desarrollada la memoria, y aunque algunos sostienen que no tiene mucha importancia, en realidad el que no tiene buena memoria padece una cierta discontinuidad en la vida. El esfuerzo no es continuo y, por ende, rinde menos. La formación exige la unidad del tiempo de la vida. El que no tiene memoria se cansa enseguida y trata de cambiar de ocupación; es una persona inestable, incapaz de permanecer horas delante de un libro, y en una Universidad eso es lo que se requiere.

La pregunta pertinente ahora es si ese defecto es una característica racial o consecuencia de una peculiar situación educativa que deriva de la familia. Está comprobado que el coeficiente de las distintas razas está distribuido de modo semejante — campana de Gauss —, igual en todas. Entonces, se comprueba que el defecto de memoria en los hijos se debe a la inestabilidad paterna. De ahí la conveniencia de que los padres deban procurar cuidar la estabilidad matrimonial.

Un chicano (la palabra suele emplearse con un matiz peyorativo) no tiene estabilidad laboral. En Norteamérica la estabilidad laboral es menor que en Europa y muchísimo menor que en Japón, donde además la familia tiene un carácter casi sagrado, pues ellos le dan importancia al culto de los antepasados. El chicano, por lo general, no tiene estabilidad laboral, esto es, un trabajo asegurado, pues dispone de un trabajo coyuntural que se compone de una serie de episodios sueltos, no conectados; trabaja un mes en un sitio, y luego — como abusan de él o le despiden — tiene que buscar otro sitio. En fin, está en una situación muy inestable, con falta de continuidad. Eso, funcionalmente, afecta a la memoria, y ello no quiere decir que el chicano no tenga memoria por motivos biológicos, sino que la falta de memoria en él se puede atribuir al modo en que viven socialmente él y sus padres, a cómo es su puesto de trabajo, a la inestabilidad de sus relaciones sociales, tanto en el trabajo como dentro del conjunto de la sociedad.

Esta situación habría que remediarla. La gente responsable debe preocuparse de hacerlo porque constituye un atentado contra la dignidad humana que el hombre esté en desventaja por falta de retentiva. Habría que tomar algunas medidas para que no se dé la inestabilidad en la familia, para evitar — por decirlo así — la familia vagabunda, de modo que los niños de ese origen que se eduquen en Estados Unidos no estén en desventaja. En conclusión, la familia requiere estabilidad, y la estabilidad se logra con la convivencia del esposo y de la esposa. La estabilidad educativa, en consecuencia, se logra coeducando juntos los padres a los hijos.

4.  Hogar, clan y polis

La familia exige hogar[9]. Es importante la casa. El que no tiene ocupación lógicamente no tiene casa. Asimismo, el que se ve obligado a cambiar con frecuencia de ocupación tampoco la tiene. La familia implica la casa. Cuando esta falta, cuando el hombre no tiene casa y va de un lugar a otro, nunca está en algo que pueda reconocer como suyo propio, como su ambiente. Entonces siente que no está respaldado ni respetado, que está en una situación anómala respecto al resto de la población. Para tener casa, el hombre tiene que dejar de vivir al día y sacrificar algo desde el punto de vista económico. La estabilidad de la casa no asegura la estabilidad del matrimonio, pero sin hogar la estabilidad del matrimonio se ve afectada.

  1. Téngase en cuenta que a continuación aporto una relación de glosas que personalmente no me resultan muy simpáticas, porque no soy muy partidario de las conciencias espaciales, pues soy más temporalista que espacialista. Que el espacio es más relevante que el tiempo es tesis de Tomás de Aquino. La inversa es mantenida por Aristóteles. Estoy de acuerdo con la tesis del Estagirita, y la expongo en mi aludido volumen de Curso de teoría del Conocimiento, cuando se hace referencia a los sensibles comunes.

En esa circunstancia tampoco se pueden llevar a buen término las actividades educativas. Tenemos así el caso de los estudiantes mexicanos. Según investigaciones efectuadas alrededor de 1970, basadas en tests, a los hijos de familias de origen mexicano que vivían y estudiaban en los Estados Unidos, la falta de memoria y el consiguiente mal papel como estudiantes, se debía a la falta de estabilidad del habitar, a la falta de firmeza y ahínco. Estos factores influyen en el razonamiento. En efecto, si no se razona de una manera continuada, no cabe formular proyectos a largo plazo y se vive al día, lo que comporta discontinuidad biográfica y estancamiento.

En lo que se refiere a la población negra, el test de memoria resulta más positivo que el de los mexicanos. En cualquier caso, las condiciones en la que están estos grupos étnicos en los Estados Unidos — conviene insistir — no son favorables y ni siquiera normales. En los negros el problema no radica en la inestabilidad local, sino en una degradación del hogar. Ellos viven de una manera estable: no tienen que moverse o trasladarse tanto como los mexicanos. Sin embargo, viven en hogares y barrios degradados, sucios, descuidados. Entonces, ¿a qué se debe que el rendimiento intelectual, el rendimiento educativo o educacional de los negros sea bajo? La razón es que al padre negro no le gusta estar en casa. El varón negro tiene una costumbre social pésima: la de constituir pandillas (“el pandillaje”). Como el padre negro se aburre en su casa constituye grupos de amigos o pandillas, y deja sola a la madre, quien corre exclusivamente con la educación de los hijos, los padres negros se dedican a jugar al póker, o en general, a aquellas actividades que los sociólogos llaman propias de la “horda”.

La horda y la familia son incompatibles. La horda es, más bien, un modo de actuar propio de los monos. Hay un sociólogo llamado Morgan[10], quien influyó mucho en Marx, que sostiene que las agrupaciones primitivas de la humanidad eran de tipo horda, entendiendo, por tanto, que la familia es posterior. El peso fundamental de las relaciones sociales serían, pues, correrías o cosas que hacen los varones fuera de la casa como constituir grupos dedicándose a jugar, a beber, a divertirse, a romper farolas en las calles, etc.

Es evidente que históricamente no es cierto lo que señala Morgan. Las primeras fases de la organización humana son efectivamente familiares y la horda es un fenómeno degenerativo, no es un fenómeno primitivo[11]. En vez de la horda lo que existe es otra cosa: el clan. Según estudios más serios el antecedente de la familia es el clan o familia grande, como se suele llamar, entre cuyas características destaca la extensión de los vínculos de parentesco.

  1. L. H. MORGAN, es considerado como uno de los padres de la antropología cultural formulador de la “ teoría del parentesco”, según la cual la promiscuidad es precedente de la familia. Sus obras principales fueron System of consaguinity and affinity of the human family, 1869, y Ancient Society, 1877. Con la tesis de que los cambios tecnológicos influyen decisivamente sobre la organización social influyó directamente en Engels, que incorporó esta tesis en su obra Der Ursprung der Familie, der Privateigentums und des Staates, e indirectamente en Karl Marx.
  2. Expongo con más detenimiento esa rectificación en el escrito “Ricos y pobres. Igualdad y desigualdad”, en La vertiente humana del trabajo en la empresa, Madrid, Rialp, 1990, 75-143. Sostener el carácter primitivo dela horda es olvidar que el hombre nace, que es primordialmente hijo.

El clan no es la horda, sino una organización estable basada en vínculos de sangre. La afición al pandillaje se nota, por ejemplo, en algunas regiones de España. Suele decirse “¡dejémoslas en casa; nosotros nos vamos al monte o nos vamos a cazar!, ¡yo ya volveré; la mujer se queda!”. Los varones de determinadas pandillas no se dedican los fines de semana a la familia, sino a estas otras actividades. La pandilla, en el norte de España está bastante extendida, pero no es un fenómeno tan fuerte como el de los negros. Está, por así decirlo, racionalizada y limitada a períodos cortos; por ende, no afecta a la familia. No es un desahogo tan fuerte que afecte al hogar.

Por otra parte, hoy en día hay muchas mujeres, sobre todo de clase adinerada, que practican algo así como la horda femenina, es decir, salen de casa a reunirse con otras mujeres para asistir a desfiles de moda o quizás para jugar partidas de cartas. Constituyen, entonces, grupos de amigas cuyas actividades, muchas veces sin conexión con el hogar, se llevan a cabo fuera, rompiendo, por lo tanto, con la familia e incurriendo en la frivolidad.

En el caso de los negros americanos el pandillaje es tan fuerte que el cuidado de la casa tiene que correr exclusivamente a cargo de la mujer, lo cual es negativo. Ella sola como agente educativo es insuficiente, y esto se nota en el bajo rendimiento intelectual del hijo en la escuela. Esto nos invita a insistir en que la educación en la familia es una acción conjunta. Todos los miembros de la familia deben educarse entre sí. Ya hemos visto que los padres son los primeros educadores, sobre todo en las primeras fases de la edad de un niño, por lo que la tarea del padre y de la madre debe ser coherente.

Ala familia actual se le suele llamar la pequeña familia y, aunque el matrimonio es el núcleo de la familia, conviene entendería de una manera más extensa. Los tíos, los primos, abuelos, etc., lógicamente también son familia, por lo tanto, se debe tener y mantener el sentido de las relaciones de parentesco y tratar de intensificarlas. Piénsese, por ejemplo, en la noción de hermanos tal como plantea la Biblia en el Nuevo Testamento: los hermanos de Jesús[12]. Jesús no tenía hermanos de la misma sangre, los hermanos de Jesús son lo que nosotros llamamos parientes. El parentesco comporta una unidad de origen, pero una unidad de origen que puede ser lejana, basada en antepasados muy antiguos. Tiene que ver con esto lo que mencionábamos del culto a los antepasados de los orientales. Sin embargo, la vida moderna ha ido cambiando, y a causa de eso muchas relaciones se han vivido o se entienden ilegítimamente.

  1. Cfr. Mc, III, 31.

Los antepasados lo son de un clan, de una gran familia. Eso tiene una gran importancia por otra razón, a saber, el asunto del incesto, cuya abolición, como es sabido, es la institución humana más antigua que existe. Por otra parte, evitar el incesto es de derecho natural. No conviene que los casamientos sean entre los parientes porque eso puede dar lugar a enfermedades o degeneraciones. El incesto es un tipo de relación antihigiénica, por decirlo de alguna manera. Para lograr la gran familia estaban prohibidos los matrimonios entre primos, lo que contribuyó a que se establecieran relaciones con otras grandes familias y es así como históricamente se constituyeron las agrupaciones humanas superiores a la familia. Se pasa del clan, o de lo que los griegos llamaban etnia, a la polis.

La polis es una reunión de grandes familias humanas, donde la mujer o el marido se buscan fuera del clan. Así es como entran en relación los clanes, lo cual es otro elemento de la civilización en la infancia de la humanidad. De esta manera la humanidad va realizando aquello que primariamente le es propio. Nos referimos al dominio práctico de la tierra; trabajar es la misión que Dios le dio a Adán. Trabajar, imponer la impronta humana, es la civilización.

5.  Enseñar a jugar

La educación familiar bien llevada requiere la colaboración del padre y de la madre, es complementaria por una simple razón: porque hay dimensiones humanas que la mujer no puede educar, y hay otras que el hombre tampoco puede o sabe educar. Esto va referido a la educación de los afectos o pasiones, que es lo primero, insisto. El padre puede enseñar al hijo a jugar. El valor pedagógico del juego estriba en que vincula los afectos a la actividad.

Si el hombre tiene un sentido del juego más desarrollado que el de la mujer es porque el juego tiene entre sus componentes un factor muy importante que es el reto. El que juega ensaya sus fuerzas en competición, y eso es propiamente un elemento masculino. Por lo tanto, al varón le compete educar a los niños en el juego; enseñarles a jugar. La mujer tiene otra función en lo que respecta al juego, no educativa, sino mantenedora. El segundo componente del juego es que obedece a reglas. El juego puede parecer una actividad simplemente divertida, pero un juego sin reglas es imposible. Dichas reglas están incorporadas al mismo funcionamiento del juego. En un partido de fútbol, por ejemplo, es claro que hay reglas, y por eso existe un árbitro, quien se encarga de que los jugadores las cumplan. De ahí que conculcar las reglas, hacer trampas, convierta el juego en una actividad fastidiosa.

Así como no existe un juego sin reglas tampoco existe un juego sin objetivo. El objetivo tiene mucho que ver con el ganar. En fútbol, por seguir con el ejemplo, el objetivo es marcar goles, pues así es como se ganan los partidos. El fútbol es un ejemplo válido, aunque es un juego que no tiene todas las características del juego infantil. En el ajedrez las reglas tienen que ver con el movimiento de las piezas. Cada pieza está definida para que funcione de determinada manera. Por ejemplo ¿qué es un alfil? Pues es una figurita que se caracteriza por su movimiento en línea diagonal. Cada pieza está definida por una regla y así se desarrolla el juego. La regla constituye el segundo elemento del juego.

Otro elemento del juego es el ensayo de respuesta. El juego es serio por la regla. Incurrir en trampas en un juego significa dejar de jugar. Comete trampas quien no tiene afición e interés por el juego, sino que quiere probar su astucia contraviniendo la regla. Pero, por otra parte, el juego tiene también cierto carácter de inmadurez. Eso es lo que tiene de ensayo. El juego es una actividad seria por la regla, pero no porque se pueda aplicar a actividades que tengan resultados serios. El juego infantil es un ensayo. De manera que ganar o perder no tiene unas consecuencias prácticas como puede tener un negocio, el cual se puede entender también como un juego en el que priman los resultados[13].

  1. Es posible desarrollar una teoría general del juego que sirva para el hombre adulto. En esa teoría hay que distinguir los juegos de suma positiva de los juegos de suma cero. Como hago en Quién es el hombre, ed. cit., cap. VII, 143-144.

El juego sirve para probar la propia fuerza, de manera que en los juegos se desarrollan asimismo habilidades. A los niños les gusta probar sus habilidades; les llama la atención, porque en la experiencia de la propia fuerza hay satisfacción. Claro que si al probar sus propias fuerzas se da cuenta de que no las tiene, el niño puede experimentar un fuerte disgusto.

Los gatos pequeños cuando juegan con un ovillo de lana están ensayando su capacidad de caza de ratones. Para interpretar el juego animal conviene señalar que sólo los animales jóvenes juegan, es decir, ensayan sus fuerzas. El juego humano añade al juego animal las reglas, porque sin días no se podrían probar las fuerzas humanas.

Es evidente que el juego educa la afectividad siempre y cuando se juegue bien, porque mediante el juego se aprende a ganar y a perder. Hay que enseñar al niño a saber ganar y perder para que así se adapte a la vida, la cual es una mezcla de ambas cosas. La vida también se puede tomar como un juego, es decir, aceptar las normas de conducta como un reto para uno y que resulta muy grato. Ello contribuye a la adquisición de virtudes.

La estabilidad afectiva — señalábamos — es importante para el desarrollo del niño. Saber ganar y perder es señal de afectividad firme; firmeza que se adquiere y se aprende jugando. Con los niños hay que jugar, y si juegan con trampas, se les debe corregir. Deben aprender a respetar las reglas, y si no lo hacen, se les expulsa del juego; se les castiga de este modo, porque de lo contrario nunca aprenderán la esencia del juego.

Quizás lo que les pase a los niños con matos resultados escolares es que no toman en cuenta las reglas, y eso seguramente porque están acostumbrados a pertenecer a pandillas, donde las reglas son muy escasas. La pandilla tiene poco de juego. La horda es más bien informe. Cuando el niño entra a la escuela sin haber recibido esa primera formación de reglas que se adquiere jugando, como el niño no sabe jugar con reglas, se dedica a hacer trampas.

Es obvio que un niño acostumbrado a hacer trampas escolarmente no ha sido educado en la familia. Si de niño hace trampas su inseguridad afectiva le inclinará a continuarlas. Recuerdo a un chico que hacia trampas. La culpa la tenía su padre, quien nunca había jugado con él y, además, cometía el error de querer que su hijo fuese igual a él. Digo que esto es un error, porque el fin del padre es el hijo: los padres son para los hijos y no al revés. Una de las cosas que de ningún modo los padres deben querer es que los hijos sean un doble suyo: “¡si yo soy abogado, mi hijo debe ser abogado!”. Este pensamiento es equivocado, y si domina la educación, esta se estropea.

6.  Educar en la libertad

Conviene respetar las inclinaciones de los niños. De manera que si el padre es abogado, y ha triunfado en su profesión, no por eso el niño tiene que ser abogado. Eso es antieducativo, puesto que afecta a los principios de la educación. Como ya se ha indicado, los hijos no son para los padres, sino los padres para los hijos. Se ha de evitar el paternalismo posesivo, que es contrario a la actividad de educar en la libertad.

Para educar en la libertad hay que tratar de adivinar lo que quiere el hijo. Una anécdota personal. Recuerdo que mi padre trataba de averiguar mis inclinaciones — yo perdí a mi padre muy pronto, pues él tuvo que marcharse de España al final de la guerra civil porque lo exiliaron —. Como me gustaba leer, mi padre sin decirme nada me regalaba libritos de distintos tipos. Recuerdo que una vez me dio un libro de anatomía con láminas, de esas que se mueven, y se pueden quitar y levantar. Yo lo usaba con frecuencia. Mi padre me comentó: “parece que a ti te gusta la anatomía: tú podrías ser un buen médico”. Estaba intentado descubrir lo que me podía gustar. Otra vez, después de darme una serie de libros de aritmética, de geometría, creyó que yo servía para los estudios abstractos.

Es cierto que el interés del padre forma parte de la educación, pero volvamos al juego. El juego comporta una cierta dosis de educación porque enseña al niño a tener serenidad, a ir desarrollando el equilibrio — eso es lo importante, aunque para algunos sea secundario —. El que sabe ganar y perder con serenidad ha educado su afectividad; es un hombre fuerte. El hombre que dice ser fuerte y, sin embargo, llora cuando pierde, en realidad no lo es, Cuando los niños al perder un juego empiezan a llorar, hay que tener cierta firmeza para decirles: “No vamos a volver a jugar, porque a veces se gana y otras veces se pierde, y eso se debe aceptar. Si tú no sabes perder, no vuelvas a jugar”. En cada caso hay que ver cómo se maneja la situación, pero el objetivo del juego está bastante claro.

Debido a que hoy en día se ha anticipado la educación en la escuela, los niños entran a temprana edad, de modo que los maestros se han obligado a introducir el juego en la educación escolar. A los niños de tres o cuatro anos se les enseña, por ejemplo, a armar unas piececitas, a hacer castillitos, a resolver problemas geométricos, como si eso fuese un juego. No obstante, eso es una formación de la inteligencia, de la imaginación constructiva, pero no de la afectividad, es decir, del apetito irascible, del apetito de ganar, lo que equivale a educar la fortaleza. Ganar, teniendo en cuenta que no se puede ganar fuera de regla, ya implica un inicio de ética. Lo mismo sucede con el perder. Un niño que pierde y que no está acostumbrado a ello no sabe jugar. Esto es semejante a lo que le pasa a dos mayores cuando nunca han jugado como se debe: a la hora de perder no saben aceptarlo; en otras palabras, no saben lo que es ganar o perder.

Los juegos de los niños tienen que ser tales que puedan ganar o perder: no se les puede someter a juegos tan difíciles para su edad que no puedan ganar. Recuerdo que jugaba al ajedrez con mi padre cuando tenía 6 ó 7 anos. El me dejaba ganar sin que yo lo notara. Mi padre, pues, no jugaba conmigo para ganarme, sino para que me esforzara y, desde luego, ponía resistencia para que no obtuviera una victoria muy fácil.

El juego en la educación es un asunto muy interesante. Estimo que la función principal del juego es educar el apetito irascible: enseñar a ganar y enseñar a perder. El que sabe ganar y perder afronta el peligro y el fracaso sin inmutarse demasiado. Ese es un hombre fuerte. Un hombre fuerte es el que tiene bien educada su afectividad y sus sentimientos. Los sentimientos de esperanza y de temor se mueven en un nivel superior.

7.  Educar en la serenidad

Sostener que las mujeres no juegan con sus hijos no equivale a decir que las mujeres no sepan jugar, sino que no juegan tan educativamente con los hijos como los padres[14]. El hijo quizás pueda jugar con la madre al escondite o al juego de dar vueltas, bailando u otra cosa similar; sin embargo, repito, esos no son juegos en sentido estricto, según lo dicho; se trataría más bien de actividades de entretenimiento o esparcimiento. Hay que tener en cuenta cómo contribuyen las mujeres en la educación de la afectividad, la cual, insisto, es la primera educación que se debe realizar para no tener niños inestables, asustadizos, iracundos o dictatoriales, ya que todo eso son defectos. Se debe educar al hombre para la serenidad afectiva, para no ser, por ejemplo, un glotón, o cosas así. Después viene la educación sexual, la cual es muy importante y la deben llevar siempre a cabo los padres. Es un error admitir que no les compete la educación sexual. Por otra parte, si no quieren hacerlo está mal.

  1. Con ello no se lesiona lo más mínimo la dignidad de la mujer, que he intentado poner de relieve en algunos lugares como: La dignidad de la mujer, Piura, 1990, pro manuscripto.

La madre tiene una característica serenante para el niño; serenante desde otro punto de vista: la madre es un lugar de acogida, un lugar seguro y, además, próximo. El padre también es protector; es alguien a quien se puede acudir, pero la madre protege directamente acogiendo en su regazo — insisto en que se está hablando de una educación familiar de los niños —. Ésa es una característica esencial de la mujer. El regazo femenino para un niño es sumamente importante. El niño no busca el regazo paterno, sino el brazo paterno que le aprieta: un apretón cariñoso. Pero cuando acude a su madre, busca el regazo. Este término tiene mucho que ver con la lactancia del niño y con su crianza, en la cual también hay elementos educativos diferentes según las culturas. Sin duda, es mejor criar amamantando que con biberón, pero ya se sabe que la lactancia del niño japonés comporta cierta dureza ausente en otras culturas. Olvidarlo es desatender algunos aspectos educativos importantes.

Es característico de la madre — señalábamos — el regazo. Comporta un contacto corpóreo intenso, una acogida, que en cierto modo el niño necesita, sobre todo al principio de su vida. El regazo posee también el sentido de verse refugiado; ese refugio en la primera fase de la vida concreta la pertenencia al hogar que conviene prolongar a lo largo de la vida. El regazo tiene asimismo el sentido del consuelo, “ el ser consolado ”. El ser humano, hombre y mujer, necesita consuelo, verse refugiado en una situación favorable que aleje los peligros de cualquier clase. La vida humana no sólo consiste en arriesgarse. De vez en cuando el hombre tiene que recibir consuelo y encontrar regazo es una forma de consuelo.

El niño se refugia en el regazo materno, pero también en los brazos del padre, que igualmente son acogedores. Aquél que no sabe acudir al consuelo cuando lo necesita — y lo necesita a lo largo de su vida — es precisamente un desconsolado, un ser entristecido, que se inhibe o sucumbe a la dureza de existir.